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Anunciado como el libro de moda, estas 700 páginas llegan arropadas por dos títulos adicionales y la muerte de su autor al terminar la trilogía.

Stieg Larsson murió de un ataque al corazón a poco de acabar su trilogía «Millennium». Este periodista sueco de 50 años no podrá devaluar jamás lo que ha escrito, que no ha sido poco. Nunca podrá hacer segundas partes (que jamás fueron buenas) para ganar dinero o comprarse una proverbial casita de playa… (Aunque leo con pena que tenía pensadas cuatro novelas adicionales…)

Parto de la base de que este es sólo el primer volumen, que lo empecé con desgana, :) que lo compré por la cubierta (un día os hablaré de algunos de mis mejores hallazgos basados en la estética pura y dura) y que me costó mucho trabajo cerrar cuando lo terminé, sabiendo como sé que sus páginas están contadas.

En las 10 o 12 primeras páginas nos describe toda la base sobre la que desarrolla el libro, dos historias que se fusionan y que dan cimiento a esos hombres que no amaban a las mujeres, título del que no eres plenamente consciente, aunque siempre lo tienes ahí, acechándote.

Por cierto, pasa algo muy curioso con el título:

Del sueco «Män Som Hatar Kvinnor» (Los hombres que odian a las mujeres) pasamos a los hombres que no amaban del español, a «The Girl with the Dragon Tattoo» (La chica del tatuaje del dragón) del inglés.

:) Claro, que el segundo título de la trilogía es mucho más prometedor en español, «La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina», en vez de los blandos títulos en sueco e inglés: «Flickan som lekte med elden» y «The Girl Who Played With Fire» (los dos significan «La chica que jugaba con fuego»). Del tercero ya os hablaré, porque tiene tela.

Es novela negra y trabajo de investigación. Es insidiosa, se te va metiendo debajo de las uñas poco a poco, es triste, hay un puro abandono de todo lo que nos resulta más querido. A veces parece que es un juego de «piensa mal y acertarás», aunque en este caso casi siempre te quedas corto. A pesar de lo que acabo de escribir, hay algo natural en la historia. Lo expone como quien escribe una descripción de un hospital. Hay asepsia y limpieza, pero jamás hay desapego. Quizá sea por el frío y la nieve, que ayudan a compartamentalizar el horror. No tengo ni idea.

Y no voy a contar nada más sobre la novela, porque no quiero reduciros el placer de descubrirla.

P.

Me pasa algo muy curioso a la hora de leer. Cuando me recomiendan algo muy encarecidamente, soy incapaz de cogerlo entre mis manos y devorarlo. Tengo que esperar un tiempo hasta que se vuelve a asentar el poso de tanta exaltación, para ser capaz de poner lo que leo en perspectiva.

Es lo que me pasó con «El nombre de la rosa», con «El código da Vinci» y con tantos y tantos libros. Eso no quiere decir que una vez leídos, si me han gustado, no remueva Roma con Santiago para hacerme con el resto de los libros.

Y es lo que me pasó con Harry Potter, mea culpa!


Hace unos 4 meses vi una oferta en Amazon y decidí que había llegado el momento de leer los libros de Rowling. Ofrecían los 6 libros encuardenados en pasta dura por unos 70 euros al cambio. Los encargué y desde entonces he estado leyendo Harry Potter alternado con otras cosas.

Los dos primeros libros me los leí de dos sentadas cada uno. Me vais a decir que son los más cortos, ya, pero es que el más largo cayó también en dos días: «Harry Potter y la orden del fénix». En cambio, «Harry Potter y el prisionero de Azkaban» me duró un eterno mes (es muy malo mezclar los libros con las películas; de hecho, las películas, que no están nada mal, deberían verse después de leer los libros, para que no interfieran con ellos)…

Anoche terminé el último, «Harry Potter y el misterio del príncipe»… Y no sé si ese es su título aquí, porque también he visto «Harry Potter y el príncipe mestizo», pero me da la sensación de que ese es el título para Sudamérica (mucho más logrado, por cierto).

El séptimo de la saga ya está encargado en Amazon para el 21 de julio. No es que sea una fan de Harry Potter, pero sí quiero ver cómo termina. Tengo una idea bastante clara de las líneas generales de cómo va a terminar el libro y si queréis un spoiler, me avisáis y os estropeo el libro en un segundo.

¿Qué queréis que os cuente de Harry Potter? El primer libro me encantó, cuando van por fin a rescatar a Harry de la casa de sus tíos para enviarlo a Hogwarts. Es el primero y tiene que desarrollar todo el mundo de la magia que vemos después, y eso me encantó. ¿Son libros para niños? Por la cantidad de imaginación sí, por el vocabulario o los sentimientos que se expresan, no lo creo.

P.

Comentaba hace un momento que la traducción al inglés de «El perfume», de Patrick Süskind, no es muy buena. Al menos la que yo leí (y dejé de regalar) en Estados Unidos.

En el año 92, salió la película «Como agua para chocolate», basada en la novela homónima de Laura Esquivel. La autora y su marido participaron activamente en la producción de la película y, claro, estaba muy bien hecha. Al día siguiente, salí a comprar la novela. Carbondale era un lugar pequeño y no tenía demasiados libros en español. Así que me la compré en inglés, intentando apaciguar el deseo de leer la novela antes de mi siguiente visita a St. Louis, donde sí la encontraría en español. La leí de un tirón y me pareció una novela floja, sin nada de la magia que había visto en pantalla.

A partir de ahí, me surgió la duda: ¿era una mala traducción o es que el inglés carecía de recursos sintácticos y semánticos para plasmar el realismo mágico?

En los siguientes meses, devoré todas las novelas escritas directamente en inglés de autores de nombre hispano, o novelas sobre temas hispanos. Descubrí un rico filón de buenas novelas y el realismo mágico estaba fantástico, gracias.

¿Cuántas de las novelas que leemos y encontramos flojas son problema de traducción?

P.

Me suelen gustar las películas en versión original. Hace mucho tiempo que descubrí que los actores de Hollywood no hablan castellano redondo, misma época, más o menos, en la que descubrí que los bancos no eran gigantescos almacenes de cajas de zapatos en las que se guardaba el dinero de los clientes. Confieso que era una inocente. Claro, que para mí las catedrales tenían el coro al fondo de la nave y la entrada principal por un lado. Desventaja de haber crecido en Plasencia, cuya catedral gótica quedó inacabada (se iba construyendo derruyendo la catedral románica, que también quedó a medias…). La primera vez que vi una catedral terminada, me impactó ese coro en medio, poniendo cortapisas entre los hombres y Dios… ¡En fin!

Ayer caí más bajo de lo que pensé caer jamás, porque ver a Dustin Hoffman parlotear en francés (doblado, naturalmente)…

Tengo ganas de ver «El perfume: historia de un asesino», que es una de mis novelas favoritas. No obstante, tengo un poco de miedo. La traducción al inglés no era excesivamente buena…

P.

Por primera vez casi, ando leyendo un libro de ciencia ficción. No me refiero a los que considero clásicos, como «1984», por ejemplo. No, no. Es pura ciencia ficción. Me lo recomendaron, le empecé a hacer una colección de ciencia ficción a mi marido (a quien sí le gusta) y dio la casualidad de que este fue el tercer título.

Quizá me gusta porque, a pesar de la etiqueta, veo cosas con las que puedo sentir cierta afinidad. Por ejemplo, se habla de dos personajes que crean tendencias ideológicas en la red. Y yo, que llevo realmente metida en Internet desde 1995, me puedo identificar con esas vivencias, con las identidades falsas, con las batallas ideológicas, con la cierta libertad que da el anonimato para quitarse los guantes.

Creo que esa ha sido la verdadera constante de Internet desde el principio: el desenmascaramiento de los instintos que, por educación o hipocresía, mantenemos controlados en nuestra vida social.

P.

PD: por cierto, hablando de colecciones, vuelvo a darme de tortas por haberme dejado arrastrar a unas cuantas… Sueño con la estantería de varios metros que cubrirá una pared entera de la sala de estar y que me permitirá repartir los libros por la casa y sacarlos de la habitación en la que están amontonados ahora mismo.

Me gusta la imaginación; quizá por eso prefiero un buen libro a una buena película. El libro me ofrece la oportunidad de ser la creadora de las imágenes que intentan pintar las palabras. La película sólo me quita ese derecho. Con el libro, aprendo a montar escenas, a pintar personajes y a adivinar el timbre de sus voces. Con el libro, puedo abstraerme mejor de lo que me rodea y entrar, plenamente, en un mundo que no es ni mío ni del autor, porque nos pertenece a los dos.

Eso no quiere decir que no me gusten las buenas películas. De hecho, el otro día vi «Las crónicas de Narnia» y estoy deseando desembarazarme de trabajo para meterme en el libro. Lo malo es que ya me han puesto los actores y los paisajes, que ahora interfieren con mi imaginación

P.

«Spoiler» es una palabra y, sobre todo, es un concepto que me calan muy hondo. (Otro día hablaré de «sobretodo» y «sobre todo», que no es lo mismo, aunque cada vez vea a más gente escribiendo «sobretodo» por «sobre todo», quizá por contagio del terrible «asimismo», que me resulta espantoso. Porque si es verdad que se escribe junto, ¿dónde se quedó aparcada la tilde de esta esdrújula? En fin, divago, como siempre…)

Decíamos ayer, aunque fuera hace sólo 3 o 4 líneas, que me encantan los spoilers. Spoiler es el avance del desenlace de una historia. Es decir, alguien que viene a estropearte el final. Y me encantan no porque sea masoquista, sino porque voy leyendo descubriendo claves como si se tratara de «Crónica de una muerte que me anunciaron» (mi versión). O voy viendo la película apreciando el camino tortuoso que me lleva al final anunciado.

Naturalmente, el que me estropea el libro o la película tiene que ser un profesional de la narración. No me basta con que llegue y diga: «El mayordomo es el asesino». Bah, eso ya lo sabía yo (los mayordomos siempre son los asesinos, primera regla de oro de la novela policíaca). No, no. Quiero un poco más de elaboración. Quiero eso de que es el asesino junto con unas pinceladas de su triste niñez en Manchester, de sus agobiantes comienzos laborales, de la primera vez que consiguió entrar a trabajar en una casa como cuidador de los caballos… Venga, ya te haces a la idea. Lo quiero todo.

Esto me recuerda una escena de una de mis grandes películas favoritas, «When Harry Met Sally» (Cuando Harry conoció a Sally, que es lo que significa). En ella, Harry le dice a Sally que es un hombre tan siniestro que siempre abre los libros por la última página, por si se muere antes de terminar la novela irse con el final ya sabido. Harry es de los míos: sigue leyendo después.

También me recuerda otra escena, que siempre me deja queriendo saber más. Me refiero al relato que hace la Baronesa von Blixten para sus invitados en «Out of Africa» (Memorias de África). Empieza las primeras líneas, después se aleja la cámara, sube la música y asistimos a un relato mudo que termina con ese collar de perlas, enroscado alrededor del cuello. :-) Me faltan los antecedentes, me falta lo que va entre la primera página y la última.

Como sé que este amor mío por los spoilers no es compartido, me suelo callar como una enana hasta que alguien me pide una opinión directa. Y entonces casi siempre hago la conexión entre lo que me ha gustado y cómo se enlaza en la historia y con ella.

:-) No me pidas opiniones si no quieres escuchar el final.

P.

Venciendo la natural revulsión que me provoca Johnny Depp, ayer me senté a ver «Charlie y la fábrica de chocolate». Me encantó, sencillamente. Me encantó la estética de vivos colores y la desbordante imaginación que derrocha la película de principio a fin.

Comenté mi entusiasmo por la película y alguien me soltó que era demasiado infantil.

El sino de Roald Dahl, autor del cuento, es no ser de fácil encasillamiento. Para los niños resulta demasiado complejo, para mayores que carezcan de capacidad de sorpresa es demasiado infantil. Para leer a Roald Dahl hay que tener un cierto desarrollo emocional y ser lo suficientemente ingenuo para poder abrir los ojos como platos ante lo inesperado. Porque sus relatos son eso: deliciosas sorpresas. Seguro que alguien anda enarcando las cejas ante la elección de mi adjetivo. ¿Pero hay algo más delicioso que no saber dónde vamos y no descubrir el final de un relato hasta llegar a la última página?

Confieso que soy adicta a las sorpresas. He leído (y sigo leyendo) mucho y es raro el libro en el que no empiezo a intuir algo desde las primeras páginas. Por eso me gusta Roald Dahl, por eso cada vez que cojo su colección de cuentos me regocijo yo sola y empiezo a reírme con anticipación de la sorpresa final. Las conozco todas, porque me he leído varias veces sus relatos, pero me encanta releérmelos e intentar ver las pistas ocultas que va dejando y que están tan bien entretejidas con la historia que pasan desapercibidas.

P.

Soy una fanática de los diccionarios no sólo de idiomas, sino también de los que pueden abrirme nuevas puertas de conocimientos. De idiomas, generales o especializados, en papel o CD, monolingües o bilingües, debo andar por los 30. De los otros, todo lo que me llama la atención termina en mis estanterías.

De mis tiempos de filóloga especializada en el Siglo de Oro, tengo dos que merecían mi mayor respeto: un diccionario de mitología y uno de personajes bíblicos, inmensa ayuda para desenredar tramas de autos sacramentales. En plan más general, también utilizaba mucho el «Diccionario de símbolos» de Cirlot, que me servía para ampliar datos o intentar navegar en el subconsciente de la literatura.

Pasa el tiempo y pasan las modas, o cambio de oficio. Ahora utilizo otro tipo de diccionarios, principalmente los de terminología especializada. Pero tengo una joya que me regalaron tras descubrir mi afición por la medicina forense, las novelas de asesinatos en serie y la serie CSI. Tengo un hermoso diccionario de criminalística. Leerlo es casi como abrir las páginas de una novela de misterio y hasta me ha sacado las castañas del fuego en alguna ocasión, especialmente con los diferentes tipos de huellas cuando andaba traduciendo un sistema biométrico de reconocimiento de usuarios. :-) Chapeau!

P.

Leo hoy varios mensajes sobre la figura del editor, que en España ha desaparecido. Según el diccionario, el editor es la persona que edita o adapta un texto. Y, claro, al carecer de un editor, ¿quién atrapa los plagios o conserva un mínimo de calidad en una obra? ¿Quién, precisamente por no ser el autor, es capaz de leer una obra fríamente y aconsejar su publicación, o rechazarla? ¿Los que están en la cumbre editorial? Lo dudo. Las grandes editoriales se han convertido en pequeñas casas de la moneda. No prima la calidad o el buen hacer de los escritores, sino su tirón comercial en un momento dado.

Hace ya muchos años leí una novela de James Michener que se llamaba así, «The Novel». Trataba del proceso de la escritura reflejado en cuatro personajes principales: un escritor novel, un escritor experimentado y con grandes ventas, un crítico que era un escritor frustrado y una editora. Las vidas de todos ellos estaban interconectadas, porque la editora trabajaba con los tres. Con el escritor novel, porque era una gran promesa; con el escritor veterano, al que fue cultivando hasta que se convirtió en un superventas; con el crítico y novelista frustrado, al que arropó cuando sabía que cometía un error queriendo publicar una novela inconexa.

Siempre me admiró la habilidad con la que esta editora sabía separar la paja del grano, reconocer lo bueno e instar a sus autores a pulir el texto. De hecho, durante años pensé que era el mejor oficio del mundo: cobrar por leer y decir lo que era bueno, lo que no, lo que podía trabajarse, lo que debía echarse al cubo de la basura.

Ahora, desgraciadamente, la inmensa mayoría de lo que leo podría terminar en el cubo de la basura tranquilamente. Los autores me suelen aportar poco (excepto un puñado a los que atesoro y sigo fielmente) y, más de una vez, termino los libros por la mitad.

P.

He estado releyendo unos mensajes electrónicos que escribía a diario hace unos años. Va pasando el tiempo, pasan los años, los inviernos, la vida y sigo, tercamente, aferrada a ese deseo que tengo de ganarme la vida escribiendo. No hablo de traducciones, sino de ficción, naturalmente.

No obstante, últimamente ando un poco espinosa con mis lecturas particulares. Por un lado hago la colección de Aguilar de clásicos (100 volúmenes, uno detrás de otro), pero por otro parezco engancharme sólo con lo banal. Ando de lectura tortuosa. No me apetece nada, no veo nada que me llame la atención, no parezco ser capaz de encontrar algo que me llene. Sigo leyendo un poco de todo, pero sólo llego a la mitad del libro, como mucho. Ahí se me agota el fuelle que me inclinó a tomar el libro, lo cierro, saco el marcador de página y busco una nueva víctima a la que destripar, sólo a medias.

¿Se me ha agotado el deseo de leer? ¿O quizá he caído en un grupo de novelas mediocres? No lo sé, pero me preocupa.

P.