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He llegado a un punto muerto. Lo único que puedo hacer ahora es desear que el tiempo pase con la mayor rapidez posible. Mientras, voy haciendo mis deberes:

1. Sigo yendo a que me pinchen mi B12 semanal (he recuperado el equilibrio)… :)

2. Sigo haciéndome todas las pruebas habidas y por haber (hoy [sábado, sí] toca resonancia de la rodilla izquierda; el lunes un electromiograma [agujas y electricidad, tiene pinta de tortura medieva])… ¡Ay!

3. He empezado con fisioterapia en mi casa dos veces a la semana. Gracias a ella ya le he dicho adiós a la silla de ruedas en mi casa…

4. El día 29 espero poder salir a cenar con mi marido y unos amigos. Hace muchos meses que no salgo a divertirme.

Por lo menos, me divierto televisivamente. Le he regalado a mi marido un estuche con las seis temporadas de «Los Soprano». Veo la serie en inglés (voy más adelantada que él) y luego la vemos en español. Buena serie donde las haya… ¡Me encanta!


P.

En estos días me da mucho de sí el tiempo. Las horas parecen confabularse para retrasar sus manecillas y todo adquiere consistencia de acuario. Quizá me sé impaciente porque me quitan la escayola el 24 de julio (dos semanas antes de lo previsto).

Van pasando cosas estos días, como la llegada del iPhone a España que, no obstante, pasa a denominarse el iBrick (iLadrillo) porque no funcionan los servidores de iTunes para activarlo. :)


También veo un documental muy interesante, muy triste. Se llama «El puente» y recoge una grabación diaria del Golden Gate, lugar favorecido por los suicidas, a los que se ve tirarse desde el puente.


Constato lo de siempre: el tremendo dolor de los que quedan vivos. También, excepto en uno de los suicidios, me parece atisbar arrepentimiento por la acción adoptada. Es tristísimo.

Sólo un apunte: empiezo a notar mejoría en mi pierna mala, la de la carencia de B12…

P.

Dicen que uno de los sueños del hombre, desde siempre, ha sido volar. Creo que el sueño se nos quedó un poco pequeño con los avances del siglo XX. Hoy volamos en masa (en un Jumbo), en solitario (ala delta, ultraligero, vuelo sin motor), cruzamos océanos y continentes con habilidad pasmosa y en un tiempo asombroso.

Lo cierto es que levantamos los ojos al cielo, a menudo, para contemplar las evoluciones de los pájaros (por cierto, apareció un buitre junto al Bernabeu, sí, un buitre de verdad).

Lo de volar encierra cada vez menos misterio para mí. Pero lo que me apasiona cada vez más, es la posibilidad del espacio, que nunca veré cumplida. A menudo veo Star Trek y por unos segundos me creo lo que estoy viendo.

Un poco lo que pasa en Héroes fuera de órbita, con la que siempre me río y me asombro cuando se abre la compuerta para la vaina intergaláctica.

Pura nostalgia de espacios sin adulterar.

P.

Ayer se estrenó la quinta entrega de Harry Potter en Londres. Y ayer mismo encontré esto en YouTube, que os vendrá de maravilla para poneros al día si se os ha olvidado un poco…

P. :)

A todo escritor le llegan las dudas de si será lo suficientemente bueno. Durante mucho tiempo, serán solo sus ojos los que juzguen lo que escribe. A veces le sorprende lo que ha escrito en un determinado momento. No obstante, su creación suele terminar olvidada, ajena a ojos extraños, o en el fondo de la papelera. Las papeleras de los escritores están llenas de los desechos de su trabajo, de palabras que no logran articular, exactamente, lo que su mente percibe con tanta claridad.

En todo momento, el escritor juega mentalmente con imágenes que podría plasmar. Ahí llega el momento decisorio: papel y bolígrafo (u ordenador o máquina de escribir), o el olvido. Lo malo de esas imágenes olvidadas es que jamás llegas a recuperarlas y te quedas persiguiendo fantasmas.

Por eso se titula esta entrada «La faena de escribir», no solo porque sea un trabajo, sino porque también es una mala pasada. Si a eso le añadimos que el que quiere ser escritor siempre siente ese deseo, en mayor o menor grado, el desastre está servido.

Cuando llevas años dándole vueltas a una novela y encontrando excusas para no escribirla mientras exploras, casi obsesivamente, hasta el último detalle, necesitas un desencadenante que te haga escribir. Yo todavía no lo he encontrado.


Aquí encuentran su motivación dos escritores: un escritor en ciernes, con algunas ideas, sin demasiada experiencia vital, y un escritor mayor, consagrado, amargado, que lleva 20 años sin escribir y le ha cogido miedo, pero cuya mente sigue embargada de imágenes que podría plasmar en cualquier momento.

Si a eso se le añade el histrionismo de los italianos y el sol de la Toscana, con su ritmo lento y sus casas destartaladas y encantadas, éxito seguro.

Se anuncia como una comedia romántica porque, ¡cómo no!, «chico conoce a chica», pero algunos de los consejos del escritor consagrado no son malos en absoluto, como el de utilizar una máquina de escribir manual porque, al ser más lenta que un ordenador y no poder borrarse lo escrito, hay un cierto tiempo que permite pensar al escritor.

En todo caso, una película recomendable y entretenida.

P.

PD: siempre empiezo mis relatos a mano en un cuaderno que tengo a tal efecto. Lo más gracioso es que llega un momento en el que mis dedos reclaman el teclado porque las ideas empiezan a coger ritmo. Si interrumpo la escritura en ese momento, el relato queda inacabado.



©«300» de Frank Miller

No es un secreto que me gustan los comics.

Ver «Sin City», un cómic duro, de un mundo degradado, donde la sangre blanca llegaba a ser insoportable, supuso una pequeña revelación porque no estaba acostumbrada a los comics tan realistas y violentos. Los comics que habían formado parte de mis lecturas se centraban en el espacio/futuro, la época medieval o los superhéreoes.

Ayer vi por fin «300», la película basada en el comic de Frank Miller sobre los 300 espartanos que lucharon contra las huestes persas en la Batalla de las Termópilas.

Sin meterme en polémicas sobre si fueron solo 300 espartanos, o sobre el aspecto de Jerjes (o Xerxes), por el cual ya se han quejado los iraníes actuales, tengo que decir que la película es fiel al cómic y, como tal, merece mi aplauso.

Leí el cómic antes de ver la película, vaya eso por delante. Esta vez, el cómic es en color, muy estilizado. Las imágenes de la pantalla recrean las viñetas del cómic, su narrativa tersa y de voz en off («Marchamos, marchamos, hacia la muerte marchamos»), las notas exageradas del cómic para presentar a sus personajes (Jerjes parece un gigante de 3 metros, pero es que sus manos también parecen desmesuradas)…

Algunas frases para el recuerdo:

Espartano, vuelve con tu escudo o sobre él (la reina de Esparta a su marido, Leónidas)

Entonces lucharemos a la sombra (en respuesta a la amenaza de que las flechas persas oscurecerán el sol)

Un ejercicio estético gracias a los efectos especiales. Muy recomendable para los amantes del cómic.

P.

Me encantan las películas catastrofistas. Cuanto más descabelladas, más me gustan. Cuanto más especiales los efectos, más arrobada me siento frente a la pantalla mientras veo morir a media humanidad. Me gustan las películas catastrofistas porque sé que todos los «muertos» se levantan al final y ponen la mano para recibir la paga.

Una de mis grandes favoritas es «Armageddon», porque debe ser una de las peores que recuerdo. Pero los efectos especiales son gloriosos. La de «Deep Impact» también me encanta con ese tsunami imposible.

Pues va a ser que la vida remeda al arte y vamos a ser «testigos» en nuestro tiempo de una catástrofe que parece un cruce de ambas películas.

Existe un asteroide llamado Apophis que se encamina hacia la tierra. Hacia el 2029 pasará tan cerquita, que quedará atrapado en nuestra órbita. Siete años más tarde, se precipitará contra el planeta. Parece ser que caerá en el mar y abrirá una brecha de varios kilómetros en la corteza terrestre, desencadenando un tsunami de gigantescas proporciones (el asteroide tiene un diámetro de 250 m).

Entra Pedro Duque, astronauta español ya retirado que ha creado una empresa que se ocupa de esas minucias y de poner satélites en órbita. El plan inicial parece constar de dos naves: una se estrellaría contra Apophis (para destruirlo o alterar su rumbo) y la otra haría un seguimiento…

No es por nada, pero me infundiría bastante confianza saber que Bruce Willis también está a bordo. :-)

P.

Mientras transcurre la ceremonia de los Oscar, sería casi criminal no hablar de cine. Pero en vez de hablar de grandes producciones, voy a hablar de dos documentales que me han llamado poderosamente la atención.


«An Inconvenient Truth», de Al Gore. Todas las generaciones necesitan un coco que amenace con la aniquilación de la raza humana. Para nuestros padres el coco era la Unión Soviética, la guerra fría y los misiles de largo alcance. Quién no ha visto películas apocalípticas en la que alguien pulsa el botón… Con lo bien que habría quedado ese dedito si se lo hubiera metido en la nariz.

Lo cierto es que nuestro coco es el temible cambio climático. O en otras palabras, la Tierra intenta librarse de nosotros e «inventa» creativas maneras de hacerlo: filovirus, la gripe aviar, el deshielo de los polos (6 m de subida de las aguas de los mares), hambrunas, sequías… Por si no fuéramos nosotros suficientes para autodestruirnos, nos hemos creado el temible coco del cambio climático.

Que no me malinterprete nadie: es un tremendo problema. Muy interesante el documental, muy ameno (no recordaba yo a Gore tan «simpático»), ilustrativo, educacional. Está muy bien, cocos aparte.

El segundo documental me ha puesto los pelos de punta: «Jesus Camp». Y es que la falta de tolerancia me parece muy peligrosa, sea del color ideológico que sea.

Muy recomendables los dos, aunque para el segundo recomiendo una dosis extra de paciencia para no empezar a gritar.

P.


Lo confieso. Me gusta James Bond. Me gustan sus películas disparatadas en las que se evita una catástrofe mundial en el último segundo. Me gustan las invenciones de Q, sus gadgets imaginativos que ponen la ciencia al servicio del bienestar mundial. Sí, porque Bond es un ángel benefactor del gobierno de Su Graciosa Majestad (nunca he sabido por qué la llaman graciosa) al servicio de todos los demás.

Es un personaje acabado y sin aristas, un poco plano, con un barniz de sofisticación que se queda en eso, una capa superficial.

Pero yo se lo perdono y devoro sus películas, tal como son, un poco estridentes y fantasiosas, quizá por eso mismo, porque las puedo aceptar (y desechar) mentalmente tal cual.

Incluso en una época, a principios de los 90, me hubiera gustado especializarme en cine y escribir mi tesis doctoral sobre las minipelículas de James Bond, esos cinco minutos iniciales que no suelen guardar ninguna relación con el resto de la película y que, en sí, son una obra perfectamente acabada.

Cuando leí la noticia de que Craig iba a hacer de Bond, ese rubio de ojos azules me dejó fría y pensé que íbamos a pasar otra época a lo Dalton. Es decir, películas de «si me las pierdo no importa, porque no hay ningún aliciente». ¡Qué equivocada estaba!

Resulta que este rubio medio soso te hace olvidar que es rubio y que tiene los ojos azules y te hace comprender por qué Bond es superficial, playboy y frío. En «Casino Royale», James Bond aún no existe. Entiéndeme, existe, pero no está desarrollado. Lo que retrata la película es eso precisamente: el proceso de «bondificación».

Le acaban de dar su 007 (licencia para matar) y todavía le queda superar ciertos escollos de su personalidad. Es arrogante pero poco astuto (mata a un terrorista en la embajada africana en la que ha pedido asilo y, para rizar el rizo, lo hace ante una cámara), parece ligón pero en realidad es un boy toy (cae en las garras de su antagonista femenina que también trabaja para el gobierno británico y que, al final, lo engaña, aunque se arrepiente, pobrecita, y se muere para expiar sus pecados), es inteligente pero desafiante (se cuela en el piso de M y está a punto de decir su nombre en pantalla) y decide abandonarlo todo por amor.

Esto no es una película de James Bond, ni hablar. Es el protoplasma del que surge el universo de Ian Fleming. Es creíble y muy disfrutable.

P.


(SI NO HAS VISTO LA PELÍCULA, NO DEBERÍAS SEGUIR LEYENDO, PORQUE ES UN POCO SPOILER ESTA ENTRADA.)

Tenía muchas ganas de ver «Apocalypto». Había leído buenas y malas críticas, parecía que a nadie le dejaba indiferente. Y por fin la he visto.

Rodada enteramente en maya, he leído en la Internet Movie Database para asegurarme de que es sobre los últimos días del Imperio Maya.

La película es salvaje, brutal, llena de colorido. Me ha gustado mucho y la historia es buena. Ni siquiera he echado de menos el sonido de un idioma reconocible.

Lo que me llama completamente la atención es el final de la película. ¿Qué pintan tres carabelas en la playa si Colón no llegó a América (a las islas Bahamas) hasta 1492? Si esto es el final del Imperio Maya, para cuando llegaron los españoles a América ya había desaparecido el imperio como tal. Entonces los que tenían la supremacía en esa parte del mundo eran los aztecas. Para el siglo XVI, los mayas eran tenidos por una civilización avanzada y muy desaparecida, que se dedicaba a aquellas alturas al comercio.

Esos últimos tres minutos estropean una película buena a rabiar.

P.

Hace unos días, vi «La dalia negra» en inglés, porque era una peli que tenía muchas ganas de ver. Bueno, en realidad muchísimas.

No sé si últimamente las pelis llevan mucha limoná y poca chicha. Lo cierto es que me cuesta ver películas que me gusten de verdad (me encantó «La leyenda del pianista en el océano», porque tiene un realismo mágico muy particular y la historia es preciosa).

«La dalia negra» pertenece al llamado cine negro y cuenta la historia de un asesinato. La ambientación, los decorados, el maquillaje y el vestuario son excepcionales y están cuidadísimos (con algunos pequeños anacronismos, como el uso de un bolígrafo que todavía no existían en los 40).

La historia se basa en un asesinato real que quedó sin resolver. La novela explora el asesinato y adjudica culpabilidades donde no las hubo. Y claro, la película se basa en la novela.

Cuando pienso en cine negro, pienso en las grandes «damas» de este género, mujeres como Joan Crawford o Bette Davis. Y claro, a una cría de 22 (Scarlett Johansson) le falta el empaque necesario para haber sido la amiga de un gánster y después de un poli. ¿Qué pasa? ¿Que la destetaron con tíos?

Pues eso, falta empaque y savoir faire, faltan años, falta saber coger una boquilla y fumar sin inmutarse mientras el humo te recorre la cara.

De 5 puntos, le doy 1, por tener la ambientación que tiene. El resto es una pérdida de tiempo. Por cierto, ¿qué hacen con el cuerpo del poli? ¿Lo incineran sobre la marcha????

P.

Me suelen gustar las películas en versión original. Hace mucho tiempo que descubrí que los actores de Hollywood no hablan castellano redondo, misma época, más o menos, en la que descubrí que los bancos no eran gigantescos almacenes de cajas de zapatos en las que se guardaba el dinero de los clientes. Confieso que era una inocente. Claro, que para mí las catedrales tenían el coro al fondo de la nave y la entrada principal por un lado. Desventaja de haber crecido en Plasencia, cuya catedral gótica quedó inacabada (se iba construyendo derruyendo la catedral románica, que también quedó a medias…). La primera vez que vi una catedral terminada, me impactó ese coro en medio, poniendo cortapisas entre los hombres y Dios… ¡En fin!

Ayer caí más bajo de lo que pensé caer jamás, porque ver a Dustin Hoffman parlotear en francés (doblado, naturalmente)…

Tengo ganas de ver «El perfume: historia de un asesino», que es una de mis novelas favoritas. No obstante, tengo un poco de miedo. La traducción al inglés no era excesivamente buena…

P.

Según el diccionario, un sinónimo «tiene una misma o muy parecida significación que otro».

Hoy os voy a presentar un sinónimo de nuevo cuño: nueva ley del cine = piratería. Para los que no estéis al tanto, aquí en España no les basta con subvencionar el «espléndido» (algo hay que decir) cine patrio. No basta con que paguemos de nuestro bolsillo los desmanes visuales de unos pocos afortunados. Ahora pretenden castigar al espectador que vaya a ver películas de Hollywood. Sí, sí, las entradas costarán más caras dependiendo de la nacionalidad de la película que quieras ver.

Hombre, yo pensaba que una buena manera de promocionar el cine español pasaría por rebajar a la mitad las entradas de películas españolas… Hay una medida más radical, claro, que pasa por hacer buenas películas…

Sorprendida me quedo cuando veo una película española que me gusta. La última fue «El método», basada en una obra de teatro. Desde entonces no he vuelto a ver nada bueno (confieso que tampoco me empeño demasiado).

Anoche vi una buena película, «Tiempo de valientes», argentina. Una comedia inteligente, divertida y a veces hilarante. No salía ni una mujer desnuda (que tomen nota los directores patrios, que empiezo a estar harta de tanta chicha).

P.

Después de unos días un tanto extraños en los que empiezo a pensar que 1984 debería titularse 2006, por ese Gran Hermano que todo lo vigila, lo ata y rescribe, quiero hablar de la película del título.

Basada en una obra de teatro llamada Novecento, de Alessandro Baricco (conocido autor de Seda), Giussepe Tornatore aprovecha un paisaje limitado pero no por ello menos magnificente para crear una historia que se resume en una melodía. Su paisaje es el océano, específicamente un transatlántico de los de finales del XIX y principios del XX que transportaban las ingentes cantidades de inmigrantes de una Europa empobrecida hacia EE. UU., un país que ofrecía oportunidades laborales y económicas.

En uno de estos transatlánticos, nace Novecento, un niño abandonado por su madre, que se criará entre calderas y recibirá ese nombre porque lo encuentran en el año 1900, en una caja de frutas, sobre el piano del barco.

Aprenderá a tocar el piano él solo y será un pianista inmejorable, que ameniza la velada de los pasajeros de primera clase, pero que también encuentra los momentos necesarios para deleitar a los viajeros inmigrantes.

La historia es un relato que vuelve la vista atrás de la mano del único amigo de Novecento, un trompetista que trabajará en el barco durante varios años y después seguirá su camino, aunque nunca olvidará a su amigo y volverá a encontrarse con él.

La escena más mágica (para mí) es el nacimiento de la amistad entre el trompetista y Novecento. En su primer viaje, tras un par de días de calma, el mar se encrespa y el trompetista está mareadísimo y se encuentra fatal. Escucha música en mitad de la noche y decide ir a ver de dónde proviene. Encuentra a Novecento en el salón de baile de primera clase, tocando el piano. Y Novecento le pide que quite los topes de las patas del piano y se siente con él en la banqueta. Con el vaivén del barco, el piano evoluciona sobre la pista del salón de baile, como en un vals, con nuestros dos personajes en la banqueta, bailando con el barco.

¿Qué puede hacer un hombre sin papeles y sin identidad? Lo que hace Novecento: quedarse en el barco. La explicación que da es que el mundo firme tiene un teclado ilimitado y él sólo sabe tocar las 88 teclas de su piano, que el piano ilimitado sólo le corresponde a Dios.

Una película de momentos mágicos y buenas historias.

:-) El final no lo destripo, aún tengo algo de misericordia…

P.

Dicho así, parece el nombre de la fórmula de un nuevo champú para la caspa. Pero la realidad es terrible. Se trata de un campo de concentración de Camboya de la época de los jemeres rojos.

Vi un documental de dos horas sobre el S21, completamente hablado en camboyano y subtitulado en inglés. Una de las cosas que más me llamó la atención fue que entrevistaban a guardias y presos juntos. De hecho, uno de los antiguos presos estuvo preguntando el porqué a los guardias, el porqué de su crueldad. Ellos se escudaban en su adoctrinamiento y en su propio miedo.

El preso, que era pintor, intentaba razonar con ellos, pero no había razón posible. Sólo quedaba ver cómo su razonamiento su estrellaba contra el muro silencioso de la barbarie de los que habían sido sus carceleros.

Un documental que dolía.

P.

Cuando andaba aún metida en literatura, se decía que los cinco grandes temas del Renacimiento y el Barroco heredados de la tradición clásica eran «Ubi sunt», «Memento mori», «Carpe diem», «Beatus ille» y «Tempus fugit».

Siendo un poco más simple, llegué a la conclusión de que toda la literatura mundial tenía dos grandes fuerzas motrices: el amor y la muerte, y que a partir de ellas, el gran cometido de los autores era contar una historia ya sabida de una manera diferente. Es decir, el autor no llegaba a innovar en los temas sino en su tratamiento.

Reconozco que lo mío es un concepto muy medieval de la originalidad, que desde que se escribió la Biblia, ya se han contado todas las historias, que lo único que pueden hacer los autores es cuidar el envoltorio.

Todo esto viene a cuenta de «Tristán e Isolda», que tuve la oportunidad de ver el otro día. La verdad no me gustó nada. Encontré la película pesada y al actor cargante por lo hierático de su expresión. En cambio vi «Secretos de familia» y me reí, me sorprendió y me divirtió. Y sólo era eso, amor y muerte envueltos en delicioso humor negro.

P.

Ayer vi una película interesante. De hecho, muy interesante: «La casa del lago». El tema no da mucho de sí; es el característico «chico conoce a chica». Lo que sí da juego son las circunstancias inusuales de ese romance: se desarrolla con una diferencia temporal de dos años. La vida del chico se desarrolla en el año 2004, mientras que la chica vive en el 2006, y ambas existencias coexisten.

Todo empieza cuando Sandra Bullock (Kate) abandona una peculiar casa en el lago, toda de cristal (a veces da la sensación de ser una pecera). Cuando se va, deja una carta en el buzón para el siguiente ocupante en el que le pide que le reenvíe el correo que reciba para ella.

Entra en escena Keneau Reeves (Alex), que es un joven arquitecto e hijo del arquitecto que diseñó la casa del lago. De hecho, su padre la diseñó para su madre y él pasó toda su infancia en ella.

A partir de ese momento, parecen compartir un perro en el tiempo y se comunican a través del buzón, por medio de cartas.

Lo cierto es que se suspende toda lógica temporal mientras ves la película y la vida de ella parece detenerse para esperarlo hasta que llegue a su época.

Los paisajes, urbanos y rurales, son impresionantes. La luz parece adoptar colores nuevos, una transparencia irreal.

Se respira magia, aunque no sea más que otra historia de amor.

P.

El robo del título es obvio: «Orgullo y prejuicio» («Pride and Prejudice», en inglés).

Hacía tiempo que no me reía/desesperaba tanto con una película. La he tenido que ver en dos tandas porque el páncreas no me aguantaba tanta azúcar.

¿Os imagináis un musical de Hollywood de los años 50 con la férrea censura franquista? Pues eso es Bollywood. Bienvenidos al país donde todo el mundo baila y canta por las calles (y se aplauden al final), donde los novios besan a las novias en la frente, donde las mujeres se ponen saris blancos para ir a una boda (y creo recordar que el blanco es el color del luto)…

Alguien dijo que le gustaba la estética de la película. Por Dios, ¡¡¡si es puro kitsch!!!… Lo que le gustó fue la protagonista, seguro.

Esto que escucháis ahora son mis arcadas.

P.

Me recrimina un amigo que sólo escriba sobre las películas que me han gustado, como si estuviera tocada por una varita mágica y no sufriera «bodrios» igual que todo el mundo… Lo que hay que oír… Y eso que ya mencioné en otras ocasiones «Syriana» y «El tulipán negro». Pero sí, reconozco que cuando hablo de cine, me decanto por las películas que me han hecho sentir algo glorioso, no por las que me hacen llorar por el auténtico desperdicio de celuloide que suponen. Pero hoy, a su petición, hago la crítica de «La huella del silencio», tremendo derroche de recursos y temas interesantes que quedan en pólvora mojada.

El título original de la película es «Bee Season», y no se refiere a las abejas sino a los «spelling bees», concursos de ortografía que son famosísimos en EE.UU., país que cuenta con un alto índice de faltas ortográficas por la dificultad del inglés y la homofonía de muchas de sus palabras; por ejemplo, /nait/ puede ser noche (night) o caballero (knight), todo depende del contexto, como siempre.

(Un inciso para decir que en España deberían empezar estos concursos sobre la B, la V, la H [o su ausencia], la LL, la Y, la J y la G. Por lo que yo veo, en este país vamos de capa caída, y eso que el español lo tiene mucho más sencillo que el inglés…)

(NO SIGAS LEYENDO SI AÚN NO HAS VISTO LA PELÍCULA Y QUIERES VERLA: ¡¡¡SPOILER!!!)

La película es mala y no tiene razón de ser en español (o por lo menos la traducción es bastante penosa): aquí no tenemos que deletrear cosas, sólo mencionamos con B o V, con H o sin H… Por ejemplo, mi apellido es Bayle, con B e Y (o «como baile, pero con Y», que es lo que suelo mencionar).

Los deletreos de la niña son ridículos. Por ejemplo, origami. Si fuera con H, habría pasado la pronunciación japonesa como JOrigami. Luego origami no es precisamente una palabra que presente ningún problema, al menos en español.

Además de los deletreos, hay un tema por personaje: la cábala (el padre la estudia y está obsesionado con ella), las sectas (al hijo lo absorben en una tipo Hare Krishna y sale de ella a la orden de su padre, muy sencillo todo), la locura (la madre está desequilibrada desde que murieron sus padres cuando era niña. Los vio por última vez a través de un caleidoscopio y ahora, mediante sus robos de pequeños objetos de otras casas, intenta recuperar «la luz» [su imagen] en increíbles montajes que parecen piezas de un caleidoscopio que hace en un local que tiene alquilado sin conocimiento de su familia).

A pesar de esta riqueza temática de la película, todo queda incompleto, deslavazado y sin pies ni cabeza. La niña parece emprender una senda mística que su padre no pudo recorrer, quizá por falta de pureza e inocencia. Al hermano lo dejamos fuera de la secta, compuesto y sin novia. A la madre la dejamos en el manicomio, tras pasar por la comisaría porque la descubren dentro de una casa ajena, y ¿al padre? Al padre lo dejamos inmerso en sus estudios, con los que sabe que jamás podrá experimentar una sensación verdadera y mística, por lo que sabemos que son inútiles.

No me gustó nada. La niña es preciosa, la madre es Juliette Binoche y el padre Richard Gere… Tanto talento por el sumidero.

P.

(NO SIGAS LEYENDO SI AÚN NO HAS VISTO LA PELÍCULA Y QUIERES VERLA: ¡¡¡SPOILER!!!)

Vi la última película de Woody Allen, Match Point. Reconozco que me gustó mucho, no sé si por Londres (recorrí los escenarios en febrero) o por la historia, que incluso cuenta con un par de fantasmas al final. No sé si por lo actores, que excepto por un par, son auténticos desconocidos, ni muy guapos, ni muy altos; no sé si por los diálogos, que fluían con naturalidad.

Allen es un maestro en hacer que parezca que tu opinión y la película van a caer de un lado y después se decanta por el lado opuesto, muy similar a la pelota de tenis que toca la red y no se sabe de qué lado va a caer, si seguirá su trayectoria (mermada) y te dará el punto, o si por el contrario caerá dentro de tu campo y perderás. Exactamente como sucede en los primeros fotogramas de la película, que cortan la escena con la pelota en el aire pero haciéndote consciente de la doble posibilidad.

Más adelante, en un remedo de esa bola en el aire, el protagonista tira una alianza robada al Támesis. Da en la barandilla que rodea el paseo al borde del río y cae dentro. Automáticamente, piensas que el protagonista ha “perdido” su punto, que no podrá zafarse del doble asesinato cometido para continuar con ese ritmo de vida tan cómodo y mantenido, tan de zángano al servicio de una rica heredera.

Y sorpresa, continúa tranquilamente porque un drogadicto, que después muere en una pelea, recupera la alianza y la encuentran en su cadáver, dando mayor credibilidad a la historia de que el doble asesinato había sido una cuestión de mala suerte para la mujer joven, de que había estado en el sitio inapropiado en el momento inoportuno, cuando en realidad su asesinato era el fin y no la consecuencia.

Buen cine.

P.

Reconozco que últimamente veo cosas «raritas». Anoche le tocó el turno a un documental canadiense que se llamaba «Nuclear Jihad». Describía la red de Khan, el paquistaní que le dio el poder nuclear a su pueblo y luego se dedicó a «esparcirlo» a los cuatro vientos.

Parece que hay dos maneras de hacer un ingenio nuclear. Una pasa por el plutonio enriquecido y la otra por el uranio enriquecido. Para el plutonio se necesitan grandes instalaciones y mucho tiempo. En cambio, para el uranio, sólo se necesitan centrifugadoras para enriquecerlo y se obvian los pasos más costosos en recursos y tiempo. Es más, las centrifugadoras que inventó Khan parecen ser bastante seguras y trabajan en paralelo, de manera que se pueden montar cientos en una misma instalación. Son como tubos que se instalan en vertical y miden como 1,50 m y tienen un diámetro de unos 30 cm. Es decir, se pueden montar cientos en poca extensión.

Una vez que Pakistán tenía armas nucleares, Khan estableció oficinas en Dubai y se dedicó a exportar sus conocimientos (me parece que mencionan el precio de 100 millones de dólares, y regalaba los planes chinos de fabricación de ingenios nucleares con el lote).

Lo cierto es que lo pillaron in fraganti en Libia y el escándalo hizo que Gadafi renunciara a sus pretensiones nucleares. Pero ya había vendido a los coreanos del norte, a Irán y no se sabe bien si a algún grupo terrorista. De hecho, el antiguo responsable de la inteligencia paquistaní es buen amigo de bin Laden…

Mientras, por las cosas de la legalidad en el mundo islámico, Osama ha conseguido una fatwa que le permite el uso de armas nucleares aunque con ellas extermine a todos los infieles.

:-) Si ahora va a ser que la radiación distingue entre infieles y buenos musulmanes…

P.

Acabo de ver un documental curioso, que se llamaba «El otro Nostradamus». Tras presentar a varios de los grandes adivinos mundiales, se centraba en un individuo de aspecto anodido, nacido en Kentucky a finales del siglo XIX que, por lo que dicen, era un auténtico portento.

Esto de las adivinaciones me produce un fuerte escepticismo. Debe ser que mi 5% (de capacidad cerebral) anda muy justito. Pero para curioso, lo que dicen que afirmaron los mayas: estamos en el cuarto mundo llegando a término para dejar paso al quinto mundo. Y tenemos hasta una fecha y todo: el año 2012… Es decir, según estos señores, en la mitología maya se nos augura el final para dentro de 6 años. Supuestamente coincidirá con el fallecimiento del Papa actual, lo digo por San Malaquías y su profecía sobre los Papas y la llegada del Anticristo.

Pero para recuerdos gratos, un viaje en coche de 10 horas, de St. Louis a Michigan, en el que me leí las profecías de Nostradamus, las comenté y me eché unas buenas risas sobre lo que otros habían «descifrado» en esas estrofas.

P.

(NO LEER SI SE QUIERE VER LA PELÍCULA. SPOILER!!!)

Cometí un error, lo reconozco. Ver la última versión de Casanova es una pérdida de tiempo.

Los guionistas del nuevo Casanova le han dado un giro a lo que conocíamos, no sé si hastiados de cómo se ha escrito la historia hasta ahora, de sexo y piel por doquier, de desmanes amatorios. De momento, comienzan las andanzas de Giaccomo cuando es un tierno infante de unos 10 años y su madre lo abandona para ejercer de actriz.

Salta a sus veintitantos, donde ya ejerce de amante reconocido en Venecia, aunque lo describen más como un asaltacamas que otra cosa. Y, al final, lo impensable: se enamora de una mujer feminista.

Se topa con la Iglesia, o más concretamente con la Inquisición, encarnada en la figura de un Jeremy Irons zafio y tonto. Y lo condenan a morir en la horca por fornicio, junto a su amada, por escribir textos heréticos sobre las mujeres. Heréticos… ¡Ojalá fueran eróticos!

Lo salva su madre en última instancia y su nuevo cuñado queda a cargo de hacerse pasar por él. Es decir, según la película, Giaccomo Casanova es un suplantador.

Y el que anduvo por Madrid, ¿sería el original o el de cartón piedra?

Mala con avaricia, mala hasta decir basta, mala como de un ataque de rabia por ver tanto talento ignorado y mal utilizado.

P.

Anoche vi la película del título. Basada en un hecho histórico cuyos motivos se han olvidado, se desarrolla una trama orwelliana con una estética nazi, con cruces de lorena negras sobre fondo blanco y enmarcadas en rojo.

Básicamente, tras terrorismo, guerras y epidemias, el Reino Unido, específicamente Londres y sus alrededores, se ha convertido en un país con un régimen totalitarista al que el pueblo ha rendido todos sus derechos por la promesa del líder de que así los podrá mantener seguros. Todo se rige por una estricta censura y una policía a lo Gestapo que secuestra a ciudadanos desafectos al régimen de los que no se vuelve a saber nada.

En este orden de cosas, aparece un individuo que usa una máscara con una mueca sonriente de Guy Fawkes. Y promete llevar a cabo lo que no pudo hacer el personaje histórico: volar el parlamento inglés. La premisa es que, al eliminar la marca visible de la institución, quizá consiga que los ciudadanos cobren conciencia política y se independicen del régimen totalitarista y lo anulen.

Como siempre, me impacta lo que empieza como cómic (no sé por qué tiene esta palabra connotaciones negativas) y termina bien llevado al cine. ¿Las interpretaciones? Es difícil juzgar cuando uno de los actores lleva una máscara con una sempiterna mueca durante toda la película. El resto de los actores… Algunos son fantásticos: Stephen Fry, tan homosexual y decadente (que lo es en realidad); Rhea, como el policía cuestionando y buscando la verdad; John Hurt, al que le van los papeles de fanático…

Buenos efectos especiales, deshilvanando la historia poco a poco, hasta «conocer» al nuevo Guy Fawkes, tan teatral, tan similar a veces al fantasma de la ópera.

Película interesante para los amantes del cómic. Si no te gustan, es mejor que no lo intentes.

P.

Siempre que oigo esta frase, me parece ver a Robin Williams susurrándola junto a las vitrinas de fotografías de los antiguos alumnos en «El club de los poetas muertos», una de esas películas que me hacen creer en determinadas personas dentro del sistema educativo.

Carpe diem, pero se termina marzo, termina el frío y, con mi despiste habitual por el cambio estacional, me aferro al edredón como si de un salvavidas se tratara.

Carpe diem, y sé que el Valle del Jerte empieza a cuajarse de blanco de los cerezos en flor.

Carpe diem, musito, mientras desearía poder apagar el ordenador, olvidarme de esta traducción tediosa e irme a la cama.

Carpe diem, mientras en realidad yo aprovecho la noche.

Ha llegado la primavera. La puedo oler en el aire que entra por la ventana abierta.

P.

PD: Por cierto, ayer vi una película que me encantó, «Casa de arena y niebla». Había leído la novela hacía tiempo, pero la tenía muy olvidada. Las imágenes de la niebla «subiendo» por las colinas son estéticamente impecables. Me pareció una película triste, con un Ben Kingsley que me recordó mucho al personaje de «The Death Maiden».