Archivo de Noviembre 2005

«Spoiler» es una palabra y, sobre todo, es un concepto que me calan muy hondo. (Otro día hablaré de «sobretodo» y «sobre todo», que no es lo mismo, aunque cada vez vea a más gente escribiendo «sobretodo» por «sobre todo», quizá por contagio del terrible «asimismo», que me resulta espantoso. Porque si es verdad que se escribe junto, ¿dónde se quedó aparcada la tilde de esta esdrújula? En fin, divago, como siempre…)

Decíamos ayer, aunque fuera hace sólo 3 o 4 líneas, que me encantan los spoilers. Spoiler es el avance del desenlace de una historia. Es decir, alguien que viene a estropearte el final. Y me encantan no porque sea masoquista, sino porque voy leyendo descubriendo claves como si se tratara de «Crónica de una muerte que me anunciaron» (mi versión). O voy viendo la película apreciando el camino tortuoso que me lleva al final anunciado.

Naturalmente, el que me estropea el libro o la película tiene que ser un profesional de la narración. No me basta con que llegue y diga: «El mayordomo es el asesino». Bah, eso ya lo sabía yo (los mayordomos siempre son los asesinos, primera regla de oro de la novela policíaca). No, no. Quiero un poco más de elaboración. Quiero eso de que es el asesino junto con unas pinceladas de su triste niñez en Manchester, de sus agobiantes comienzos laborales, de la primera vez que consiguió entrar a trabajar en una casa como cuidador de los caballos… Venga, ya te haces a la idea. Lo quiero todo.

Esto me recuerda una escena de una de mis grandes películas favoritas, «When Harry Met Sally» (Cuando Harry conoció a Sally, que es lo que significa). En ella, Harry le dice a Sally que es un hombre tan siniestro que siempre abre los libros por la última página, por si se muere antes de terminar la novela irse con el final ya sabido. Harry es de los míos: sigue leyendo después.

También me recuerda otra escena, que siempre me deja queriendo saber más. Me refiero al relato que hace la Baronesa von Blixten para sus invitados en «Out of Africa» (Memorias de África). Empieza las primeras líneas, después se aleja la cámara, sube la música y asistimos a un relato mudo que termina con ese collar de perlas, enroscado alrededor del cuello. :-) Me faltan los antecedentes, me falta lo que va entre la primera página y la última.

Como sé que este amor mío por los spoilers no es compartido, me suelo callar como una enana hasta que alguien me pide una opinión directa. Y entonces casi siempre hago la conexión entre lo que me ha gustado y cómo se enlaza en la historia y con ella.

:-) No me pidas opiniones si no quieres escuchar el final.

P.

Leo la siguiente noticia en el periódico: «España contaba al cierre del pasado año con 38,6 millones de líneas de telefonía móvil operativas, lo que equivale a una tasa de PENETRACIÓN del 93,9% de la población. Este dato lo convierte en el cuarto mercado entre los veinte principales del mundo.»

Y lo primero que hago es consultar el diccionario:

penetrar.
(Del lat. penetrāre).
1. tr. Dicho de un cuerpo: Introducirse en otro. Penetrar un clavo la madera. U. m. c. intr. y c. prnl. U. t. en sent. fig.
2. tr. Pasar a través de un cuerpo. Penetrar los rayos ultravioleta la piel. U. t. c. intr. y c. prnl. U. t. en sent. fig.
3. tr. Introducirse en un lugar. U. m. c. intr. U. t. en sent. fig. Las ideas ilustradas penetraron el país con rapidez.
4. tr. poseer (tener una persona relación carnal).
5. tr. Dicho del frío, de los gritos, etc.: Hacerse sentir con violencia e intensidad.
6. tr. Dicho de lo agudo del dolor, del sentimiento o de otro afecto: Llegar a lo interior del alma.
7. tr. Comprender el interior de alguien, o algo dificultoso. U. t. c. intr. y c. prnl.

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¿De verdad les habría resultado tan difícil decir implantación, aceptación o utilización? ¿Por qué usamos siempre un lenguaje tan avasallador? ¿O sólo es sexista? Como aquellos anuncios franceses de móviles específicamente para mujeres (los primeros que vibraban, sí, sí).

En fin, otra patadita en la autoestima semántica.

P.

Ando indignada. Ando indignada con algo que escuché anoche. «No HAN habido víctimas.» Lo oigo a diario en la tele, lo leo en los periódicos y lo veo en más de un mensaje. No sé si es por un desgraciado contagio del inglés o del catalán (en España me inclino más por esta última posibilidad). Pero sigo oyendo haberes conjugados según el número de los que son.

DE UNA VEZ POR TODAS, un poquito de por favor. Haber impersonal sólo hay uno, el que lo abarca todo.

Así que sólo se debe utilizar HAY, HABÍA, HA HABIDO o cualquiera de las formas de la tercera singular. Nada de «habrán fuegos artificiales», porque lo que habrá, en realidad, será un craso error gramatical.

Nada, que necesitaba desahogarme.

P.

Venciendo la natural revulsión que me provoca Johnny Depp, ayer me senté a ver «Charlie y la fábrica de chocolate». Me encantó, sencillamente. Me encantó la estética de vivos colores y la desbordante imaginación que derrocha la película de principio a fin.

Comenté mi entusiasmo por la película y alguien me soltó que era demasiado infantil.

El sino de Roald Dahl, autor del cuento, es no ser de fácil encasillamiento. Para los niños resulta demasiado complejo, para mayores que carezcan de capacidad de sorpresa es demasiado infantil. Para leer a Roald Dahl hay que tener un cierto desarrollo emocional y ser lo suficientemente ingenuo para poder abrir los ojos como platos ante lo inesperado. Porque sus relatos son eso: deliciosas sorpresas. Seguro que alguien anda enarcando las cejas ante la elección de mi adjetivo. ¿Pero hay algo más delicioso que no saber dónde vamos y no descubrir el final de un relato hasta llegar a la última página?

Confieso que soy adicta a las sorpresas. He leído (y sigo leyendo) mucho y es raro el libro en el que no empiezo a intuir algo desde las primeras páginas. Por eso me gusta Roald Dahl, por eso cada vez que cojo su colección de cuentos me regocijo yo sola y empiezo a reírme con anticipación de la sorpresa final. Las conozco todas, porque me he leído varias veces sus relatos, pero me encanta releérmelos e intentar ver las pistas ocultas que va dejando y que están tan bien entretejidas con la historia que pasan desapercibidas.

P.

Gracias a una persona que ha leído el blog y deseaba insertar un comentario, me he enterado de que tenía el sistema mal configurado. Fíese usted de los amigos de toda la vida… Quizá habéis intentado dejar un comentario y habéis desistido cuando os decía que os teníais que registrar con WordPress.

Pues se terminó el llanto y el crujir de dientes. Nunca mais! (guiño a los gallegos)

Gracias a un amable informático de mi servicio de alojamiento, todo sea dicho. Porque lo de la informática para mí sigue siendo cuestión de suerte. Desactivo opciones que se reactivan ellas solas. Me imagino a una caterva de enanos, literalmente «desparramados» por un enorme archivo polvoriento. Esos son mis duendes de la informática (y los de mi memoria, que me encuentran datos inútiles en todo momento, pero no dan la cara cuando quiero algo pertinente y determinado).

Pues eso, llamo al servicio de alojamiento. «Oiga, que he creado un blog con WordPress y necesito quitar el requisito del registro para los comentarios.» Facilito el nombre de mi dominio (suena casi erótico: dominio y sumisión, claro) y me lo hace en un santiamén. EXACTAMENTE lo que yo había hecho antes de llamarles.

:-) De par en par están abiertas las puertas para quien quiera escribir. Sólo me reservo la moderación, por si los chiflados de turno, que han dado vacaciones últimamente en el frenopático.

P.

He terminado las dos traducciones que tenía entre manos. En una de ellas he aprendido mucho de un tema que me parece medianamente exótico: el compostaje. :-) Ni siquiera sabía que España es el país que trata mayor cantidad de residuos urbanos (vulgarmente conocidos como «basura») mediante el proceso de compostaje.

Y ahora ya me puedo dedicar a un cierto descanso mental, sobre todo cuando en Madrid el gris se sigue haciendo líquido. Estoy pensando en el pueblecito italiano de la película «A Good Woman». A caballo entre Mijas y el Renacimiento, un pueblecito deslomado sobre el mar, pueblecito de callejuelas y cuestas al que me iría ahora mismo.

P.

Amanece gris y poco placentero. La temperatura ha bajado varios grados, hace frío y la humedad cala hasta la médula. Madrid está de otoño. No digo invierno porque oficialmente no ha entrado y porque los árboles que tapan mis ventanas aún me sirven de cortinas.

En lo que sí noto este paso de la estación es en el uso del flexo, que ahora pongo a diario y a todas horas.

P.

Sábado por la noche. España se juega el paso al Mundial, otro más. Y yo de vacas flacas. Lo de las vacas flacas me afecta, pero no sólo por la precariedad, sino por la adrenalina. Esto de no tener un trabajo fijo todos los días hace que le encuentre mil excusas a posponerlo cuando lo tengo. Y así ando, con un «chute» de adrenalina que no es ni medio normal.

Dos traducciones para el lunes. Una sencillísima, la otra complicadísima. A ver si me pongo ya manos a la obra.

Buen fin de semana para todos. En Madrid está lloviendo.

P.

Hace un rato me ha entrado un ataque de risa, lo confieso. ¿La causa? Un anuncio de trabajo en el que pagaban en rupias, de inglés a español. La agencia, situada en La India, ofrecía la nada despreciable cantidad de 2 rupias por palabra para un trabajo técnico y, encima, en Quark. Para los que no anden muy puestos en el tema, sólo indicar que Quark(XPress) es un programa de autoedición. Es decir, la diferencia entre una bicicleta y un coche de Fórmula I siendo Word el vehículo de tracción animal.

Como no ando muy puesta en divisas varias (sólo manejo dólares estadounidenses, libras esterlinas y euros), visito una página de cotización de divisas y, para mi desmayo, constato que son 3 céntimos de euro, vamos que no llega ni al antiguo duro por palabra. ¿Pero cómo es posible esto, si ya en el año 2000 cobraba un mínimo de 8 pesetas por palabra?

Yo entiendo que la globalización deshace las barreras de todo tipo, que permite que mi mercado sea el mundo, que me hace acceder a todo tipo de proyectos en el extranjero. Eso es bueno, digo yo. Es bueno que un profesional nativo de español pueda encargarse de una traducción a nuestro idioma. Pero ¿las rupias?

Siempre he oído decir que Mumbai (la antigua Bombay) te brinda una excelente comida por 3 o 4 rupias. Pero eso todavía no lo he escuchado en Europa. Por favor, que levanten el ratón los que puedan hacer una comida fuera de casa por menos de varios euros…

¡Huy! Parece que pasó el control de plagas por el edificio. Ni un solo ratón a la vista…

Y lo que más me escama del asunto es que no me creo yo que haya un gran mercado en La India para las traducciones al español. Es decir, son proyectos occidentales muy posiblemente ofertados a precios occidentales que se los lleva el sumidero de las agencias de La India. Pues sí que vamos para atrás, como los cangrejos…

P.

Soy una fanática de los diccionarios no sólo de idiomas, sino también de los que pueden abrirme nuevas puertas de conocimientos. De idiomas, generales o especializados, en papel o CD, monolingües o bilingües, debo andar por los 30. De los otros, todo lo que me llama la atención termina en mis estanterías.

De mis tiempos de filóloga especializada en el Siglo de Oro, tengo dos que merecían mi mayor respeto: un diccionario de mitología y uno de personajes bíblicos, inmensa ayuda para desenredar tramas de autos sacramentales. En plan más general, también utilizaba mucho el «Diccionario de símbolos» de Cirlot, que me servía para ampliar datos o intentar navegar en el subconsciente de la literatura.

Pasa el tiempo y pasan las modas, o cambio de oficio. Ahora utilizo otro tipo de diccionarios, principalmente los de terminología especializada. Pero tengo una joya que me regalaron tras descubrir mi afición por la medicina forense, las novelas de asesinatos en serie y la serie CSI. Tengo un hermoso diccionario de criminalística. Leerlo es casi como abrir las páginas de una novela de misterio y hasta me ha sacado las castañas del fuego en alguna ocasión, especialmente con los diferentes tipos de huellas cuando andaba traduciendo un sistema biométrico de reconocimiento de usuarios. :-) Chapeau!

P.

Leo hoy varios mensajes sobre la figura del editor, que en España ha desaparecido. Según el diccionario, el editor es la persona que edita o adapta un texto. Y, claro, al carecer de un editor, ¿quién atrapa los plagios o conserva un mínimo de calidad en una obra? ¿Quién, precisamente por no ser el autor, es capaz de leer una obra fríamente y aconsejar su publicación, o rechazarla? ¿Los que están en la cumbre editorial? Lo dudo. Las grandes editoriales se han convertido en pequeñas casas de la moneda. No prima la calidad o el buen hacer de los escritores, sino su tirón comercial en un momento dado.

Hace ya muchos años leí una novela de James Michener que se llamaba así, «The Novel». Trataba del proceso de la escritura reflejado en cuatro personajes principales: un escritor novel, un escritor experimentado y con grandes ventas, un crítico que era un escritor frustrado y una editora. Las vidas de todos ellos estaban interconectadas, porque la editora trabajaba con los tres. Con el escritor novel, porque era una gran promesa; con el escritor veterano, al que fue cultivando hasta que se convirtió en un superventas; con el crítico y novelista frustrado, al que arropó cuando sabía que cometía un error queriendo publicar una novela inconexa.

Siempre me admiró la habilidad con la que esta editora sabía separar la paja del grano, reconocer lo bueno e instar a sus autores a pulir el texto. De hecho, durante años pensé que era el mejor oficio del mundo: cobrar por leer y decir lo que era bueno, lo que no, lo que podía trabajarse, lo que debía echarse al cubo de la basura.

Ahora, desgraciadamente, la inmensa mayoría de lo que leo podría terminar en el cubo de la basura tranquilamente. Los autores me suelen aportar poco (excepto un puñado a los que atesoro y sigo fielmente) y, más de una vez, termino los libros por la mitad.

P.

Me lo acaban de decir y resulta que mi especialización, mi experiencia a la hora de traducir temas informáticos es un handicap. Por un momento pensé que se referían a que puedo estar ya demasiado comprometida con un determinado tipo de lenguaje (me suelen pedir el estándar de Windows para todo). Pero no, no es eso.

Las especialidades suelen alcanzar mayores tarifas que su ausencia. Por ejemplo, traducir un texto de carácter general no cuesta tanto, ni tiene que costar tanto, como un texto especializado, ya sea jurídico, informático, médico o literario. Y es que todo va en relación con el tiempo que cuesta realizar un buen trabajo. No se invierten las mismas horas ni las mismas herramientas en un texto general y en un texto especializado. En un texto general, podemos andar con tres o cuatro diccionarios monolingües y bilingües que nos solucionen la papeleta, mientras que en un texto especializado, además de los diccionarios básicos, tendremos que utilizar diccionarios especializados y, posiblemente, investigar determinadas expresiones y realizar alguna consulta en listas de distribución especializadas que nos permitan ponernos en el buen camino de la traducción idónea. Luego quedan los ratos de agonía en los que meditas si es mejor utilizar la expresión española (que no conoce nadie) o dejarlo en inglés, que es lo que utiliza todo el mundo. Cuando se es un poco purista del idioma, estos minutos son terribles.

Se pone en contacto conmigo una agencia para proponerme textos del Big Brother estadounidense, esa empresa de logotipo de tres letras azules y blancas. Alaban mi currículo, me proponen una prueba corta y me piden que les indique mi tarifa. La agencia se encuentra en un país europeo para el que trabajo con frecuencia y conozco las tarifas que se barajan. Les propongo mi tarifa, ni la más alta ni la más baja. Y, decepción de decepciones, me proponen un recorte del 28%.

¿Desde cuando un especialista es más barato que un generalista?

Lo que dicen los estadounidenses cuadra muy bien aquí: «If you pay peanuts, you get monkeys» (Si pagas cacahuetes, te dan monos).

P.

Escribir en el blog me supone una diferencia apreciable en el número de visitas en mi sitio web. Llevo años con mi sitio, haciendo publicidad (poco descarada) por 40.000 lugares y resulta que nunca había tenido más visitas que hasta que inauguré Maremagnum, el día 4 de noviembre. Ver para creer. Ayer no escribí nada y las visitas cayeron en picado.

Me pregunto si la falta de afluencia tiene que ver algo con ese sentido del morbo que los españoles parecemos tener tan desarrollado. Es decir, si no hay entrada, ¿no hay carnaza?

Leo algo en la prensa de ayer que me pone los pelos de punta, como que el accidente de Granada parece deberse a la fatiga de los materiales utilizados… ¿¿¿¿Aún no han construido el viaducto y ya están fatigados los materiales???? También leo que a Gallardón le llaman «faraón» sus detractores… Y yo, cansada de parches a medias durante todos estos años que llevo en Madrid, agradezco que alguien tenga las narices de hacer todas las obras a la vez. Me muero de ganas que llegue el 2008 y poder ver cómo queda todo esto.

Hace un día azul y frío aquí en Madrid. Día de la Almudena, a la que llevan a hombros por las calles de Madrid. Y yo tan descreída…

P.

Decía Santa Teresa aquello de «Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero». Casi de igual manera, ser autónomo se ha convertido en una experiencia similar.

Siguiendo en temas religiosos y bebiendo directamente de la Biblia, suelo hablar de las vacas flacas. Me he convertido en una experta seguidora de las crisis políticas internacionales, de los mercados de divisas mundiales, de los vaivenes que, a veces, sacuden el mundo de la traducción y me dejan parada un tiempo. Aprovecho mis lapsos de trabajo para remozar mi currículo y dedicarme a la caza y captura de nuevos clientes que me aseguren mayor continuidad. Es decir, los que tengo no son suficientes…

Eso sí, resultan ser demasiados en los meses de verano. No sé si es que de repente todos los traductores se ponen de vacaciones o el calor les hace relajar su ritmo de trabajo. Lo cierto es que en los meses de verano, las vaquitas que pastan en mi autonomía (laboral, que no política) se ponen decididamente lustrosas, cuando no rayan en la locura.

Afortunadamente, con un talante decididamente masoquista, me planto delante del ordenador del orden de 14 o 16 horas diarias, bien pertrechada de tabaco, coca-cola y aire acondicionado.

No obstante, a pesar de mis altibajos en el flujo de trabajo, sigo postergando la limpieza de la casa. Hasta para eso hay clases y clases.

P.

He estado releyendo unos mensajes electrónicos que escribía a diario hace unos años. Va pasando el tiempo, pasan los años, los inviernos, la vida y sigo, tercamente, aferrada a ese deseo que tengo de ganarme la vida escribiendo. No hablo de traducciones, sino de ficción, naturalmente.

No obstante, últimamente ando un poco espinosa con mis lecturas particulares. Por un lado hago la colección de Aguilar de clásicos (100 volúmenes, uno detrás de otro), pero por otro parezco engancharme sólo con lo banal. Ando de lectura tortuosa. No me apetece nada, no veo nada que me llame la atención, no parezco ser capaz de encontrar algo que me llene. Sigo leyendo un poco de todo, pero sólo llego a la mitad del libro, como mucho. Ahí se me agota el fuelle que me inclinó a tomar el libro, lo cierro, saco el marcador de página y busco una nueva víctima a la que destripar, sólo a medias.

¿Se me ha agotado el deseo de leer? ¿O quizá he caído en un grupo de novelas mediocres? No lo sé, pero me preocupa.

P.

Ayer le subí las tarifas a una agencia que pretendía recortar mis beneficios con el desglose de porcentajes por Trados (del que ya hablaré en otra ocasión). Naturalmente, esta agencia, que no es tal sino una multinacional de las de muy señor mío, me exhortó a que no subiera las tarifas por el bien de SU negocio y SUS precios. Cuando me mantuve en mis trece y le pedí, muy amablemente, que me borrase de su base de datos, recibí un mensaje del estilo de «lástima que ya no quieras trabajar para nosotros».

Hasta ese momento nunca me había dado cuenta de que me molestara tanto el uso de una preposición en particular. Ese PARA me pegó un par de bofetones de los que aún no me he recuperado, aunque intento poner tiempo y distancia antes de abordar un posible mensaje de respuesta.

Ingenua de mí, yo siempre había pensado que eran mis clientes. A ver, repaso sus aportes: 0% de mi seguridad social, 0% de vacaciones (de hecho, me habían pedido que indicara mi disponibilidad durante las navidades), 0% de contribuciones a mi fondo de pensiones, 0% de NADA.

Siempre había creído que los contratos mercantiles o por obra destilaban igualdad por ambas partes: yo te presto un servicio que necesitas y tú me pagas por ese servicio. A eso lo llamo ser cliente. Pero mira por dónde, esta agencia se creyó mi patrona. Con lo bien que habrían quedado con un «colaborar con»…

P.

Llevo cierto tiempo preocupada, viendo cómo las ofertas de proyectos de traducción citan unas tarifas cada vez más bajas, rayanas con lo irrisorio. Y lo preocupante no es lo que ofrecen, sino el número de aquellos que lo aceptan argumentando ese sempiterno lamento de «estoy empezando, tengo poca experiencia, cometo errores, no puedo exigir las mismas tarifas que un traductor veterano».

Entiendo que en el mundo de la traducción sólo existe una división profunda entre buenos y malos traductores, pero no creo que a tu cliente le interese saber si acabas de pagar los derechos para recibir tu título o si este lleva años criando telarañas en un rincón. Es decir, lo primordial es la calidad de la traducción, el resto es anecdótico.

Una vez adoptado ese principio como dogma de fe, lo siguiente es algo que a mí me parece de cajón: un traductor novato puede presentar la misma calidad que uno veterano. ¿Cómo? Muy sencillo. Hay que exigir la misma tarifa que puede pedir el traductor que lleva años en el negocio y, a continuación, ser capaz de abrir la mano y pagar parte de esa tarifa a un experto que corrija la traducción.

Interesa apoyarse en algún traductor con experiencia y buen hacer. De hecho, si queremos que esto dé resultado, lo primero que hay que hacer es buscar a ese traductor y asegurarnos su colaboración. Debemos discutir el tipo de tarifas que maneja para corrección, el número de palabras que podría absorber a diario, los plazos de entrega y de pago, su idoneidad para lo que queremos que haga.

Ahora que tenemos el apoyo necesario, podemos vendernos con la promesa de que nuestra calidad está avalada por un segundo profesional.

P.

Hace tiempo que vengo pensando en hacer un blog, en soltar los dedos y escribir un poco, que no tiene por qué ser todo trabajo. Finalmente, tras varios intentos con mi servicio de alojamiento que me ofrece un servicio que me negaba la entrada, he abierto las puertas a las cookies y, ¡milagro!, lo he conseguido… Bienvenidos.

P.