Archivo de Enero 2006

Acabo de leer un artículo que me ha devuelto la sonrisa. Todo sigue teniendo que ver con los legajos que salieron del archivo de Salamanca y que, finalmente, han seguido camino hacia Barcelona. Entonces me preguntaba qué hacía el archivo de la corona de Aragón en Barcelona.

«Es que los catalanes se rigen por la ley del embudo: lo ancho para mí y lo estrecho para ti.» Eso es lo que afirman los habitantes de los pueblos oscenses que pertenecían a la diócesis de Lérida* hasta 1995. Durante su pertenencia a dicha diócesis, se esquilmaron las iglesias de varios pueblos y las obras de arte terminaron en un museo de Lérida. Con la devolución de los pueblos a una diócesis de Huesca, los pueblos reclamaron la devolución de su patrimonio y el Vaticano lo ha ordenado. Pero la diócesis de Lérida no se da por aludida.

¿Será un caso de comunismo entendido a la antigua usanza: «lo mío es mío y lo tuyo también»?

P.

*Al que le sorprenda ver Lérida, le diré que en mi lengua lo mismo que se dice Londres y no London, se dice Lérida y no Lleida.

Hace tiempo, mientras vivía en Estados Unidos, descubrí una de las preguntas favoritas de este pueblo: ¿dónde estabas cuando…? Ese cuando se rellenaba con alguna noticia impactante que hubiese cambiado, de una forma u otra, la percepción que se tenía de la historia.

La primera vez lo escuché en conexión con el asesinato de Kennedy mientras estaba con un grupo de personas un poco mayores que yo. Imagino que el asesinato de Kennedy marcó a una generación en los Estados Unidos, que pasó del descontento de saber a la glorificación y la creación de un mito; aquello de cualquier tiempo pasado fue mejor.

Hoy, leyendo el periódico, he descubierto que hace ya 20 años de la catástrofe del Challenger. He recordado que en la serie «Anatomía de Grey» se le pregunta a alguien lo que estaba haciendo cuando sucedió esa tragedia. La persona en cuestión responde que estaba en la guardería… Y yo ya llevaba seis años de universidad. Esa ventaja me da para demasiados recuerdos.

P.

A pesar de que Internet ha deshecho las barreras a la hora de hacer nuestro trabajo, lo cierto es que sigue existiendo la «ilusión» de la lejanía en el momento de intentar atraer nuevos clientes. No es excesivamente difícil captar clientes por Internet; sólo se necesita una técnica de información un poco diferente.

El primer paso que debemos dar para encontrar clientes en otros países consiste en apuntarnos a las listas de prácticas de pago. Conozco las siguientes:

- PP (http://www.trwenterprises.com/payment_practices.htm) lista gratuita
- TCR (http://www.tcrlist.com/sitemap.html) lista de pago
- Transpayment (http://www.smartgroups.com/groups/transpayment) lista gratuita, hay que inscribirse primero en smartgroups
- WPPF (http://groups.yahoo.com/group/WPPF/) lista gratuita.

Sé que existen otras listas muchas veces limitadas a determinados idiomas o mercados, pero ésas no las conozco. También existen diferentes sistemas de evaluación de agencias/clientes en todas las comunidades virtuales de traductores (Proz, Go Translators, Translator’s Cafe, etc.), pero normalmente sólo se permite el acceso a esta información a las personas que han pagado la cuota de inscripción.

¿Cómo pueden utilizarse las listas de prácticas de pago? Es muy sencillo: sólo hay que apuntarse y ser paciente. Cuando surja el nombre de alguna agencia a la que varios usuarios pongan por las nubes, hay que anotar el nombre y buscar su URL (muchas veces es parte de la información del mensaje sobre la agencia). Luego hay que visitar su sitio web, cerciorarse de que trabajan con nuestros idiomas y pueden tener necesidad de traductores (a veces pone en letras muy grandes que NO buscan más traductores), mirar la forma de contacto que prefieren (algunos tienen formularios, otros una dirección de correo específica), mirar los requisitos que piden, etc.

Si cumplimos las condiciones, es el momento de pasar a la acción. Se escribe a la agencia o se rellena su formulario. NO hay que escribir a la agencia si no piden nuevos traductores o no reunimos los requisitos que exigen, porque la agencia puede llegar a la conclusión de que no sabemos leer, un fallo garrafal en un traductor… Por cierto, debemos mantener una lista de las agencias a las que escribimos para no mandar nuestra información varias veces.

De cada cien agencias a las que enviemos nuestros datos, sólo nos responderán entre una y cinco. Así que mucha paciencia. En mi caso, alguna agencia se ha puesto en contacto conmigo ¡5 años! después de mi mensaje inicial.

Paciencia y suerte.

P.

La verdad es que desde que he dejado de fumar me siento un poco más crítica que de costumbre (debe ser el mono…). Me siento crítica con los que me rodean y conmigo misma. Creo que cada vez soy más intolerante con los que demuestran ignorancia y tienen la opción de no demostrarla porque:
a) estudiaron para no ser ignorantes
b) tienen libros de consulta que los pueden sacar de dudas
c) tienen la opción de no demostrar su ignorancia en público

Por ejemplo, tengo una colega que vive en el extranjero a la que le iba muy bien en un idioma que no era tan popular como el inglés. De un tiempo a esta parte, se debe haber puesto las pilas porque ha empezado a trabajar con el inglés, pero abusa de nuestra confianza para mandarme consultas de diccionario básicas, preguntarme cosas de gramática que me parecen de cajón y cuestionar las respuestas que le doy. Es decir, en su ignorancia se siente segura para cuestionarme.

Obviamente no lo sé todo (una de las causas de mi insatisfacción general), pero de inglés sé más que una persona que sólo lleva unos meses trabajándolo y que, de momento, no ha tenido oportunidad de irse a vivir al Reino Unido o a EE.UU.

Ayer vi una buena película (¡gracias, Jesús!). «El método», coproducción hispano-argentina con un plantel de actores muy conocidos. No sé si nació como obra de teatro, pero lo parece. Y habla de un tema que no me sorprende: que todos somos capaces de vender a nuestra madre si la oferta es jugosa…

P.

Acaba el domingo. Cuarto día sin fumar, todo un triunfo. Mi marido, que muy flamenco prometió dejar de fumar cuando yo llevara 7 días, comienza a anunciar medidas drásticas de golpes bajos. Yo me río y siento una punzadita en algún lugar, cerca de los cafés, que tengo muy abandonados.

Esta tarde he estado viendo autopsias… Ya lo sé, suena fatal. He estado viendo un documental impresionante sobre cómo funciona el cuerpo, ilustrado con autopsias. El médico alemán que «inventó» la plastinación ha desarrollado un documental en cuatro partes. En particular, al alemán no lo aguanto. Quizá lo encuentro frío, quizá ha desmitificado demasiado la muerte… No lo sé, me provoca rechazo, con ese sombrero negro se asemeja a un cuervo y utiliza intrumentos médicos que parecen el utillaje de un carnicero.

Ah, pero el cuerpo humano… Sencillamente glorioso.

P.

Lo que más me molesta de dejar de fumar no es lo bien que me empiezan a funcionar los pulmones, ni que los sabores me parezcan más puros y los olores más penetrantes. Lo que más me molesta de dejar de fumar es la falta de concentración, sin lugar a dudas. En fin, a ver si estos días aprovecho para dormir mucho y se me olvida…

P.

PD: por cierto, los legajos de Salamanca salieron de noche y por la puerta trasera, en dos carretillas. Me parece triste, casi como un robo.

No sé si habéis seguido últimamente las noticias sobre el Archivo de la Guerra Civil de Salamanca y la solicitud de devolución de los legajos correspondientes a Cataluña por parte de la Generalitat. Leo hoy que la alcaldía de Salamanca ha prohibido el paso de los furgones que debían recoger los papeles por estar el archivo en una zona peatonal del casco histórico a la que se tiene que acceder con los permisos pertinentes.

Pero eso no es lo que me maravilla, sino lo siguiente:
«Las cajas, además de documentación relativa a Cataluña, incluyen legajos referentes a otras comunidades y organismos existentes ya en el momento en el que fueron intervenidos, como es el caso del Consejo Provincial de Asturias y León, cuyos papeles estarían contenidos, entre otras, en las cajas 325 y 326. El Comité Ejecutivo Regional de Valencia o las actas de elecciones a diputados a Cortes por Badajoz, y otras relativas al Gobierno de Aragón, también se hallan entre los embalajes que saldrán del Archivo.»

Es decir, los papeles de toda España se van a Cataluña… ¿Es eso? En realidad los legajos históricos sólo tienen valor per se para los historiadores, ¿no? Ese olorcillo a papel antiguo, esas tintas casi borradas… ¿Por qué no se informatiza todo el archivo para que todos puedan tener acceso a él? Y los papeles originales, pues que estén en cualquier sitio, pero todos juntos, por favor, aunque sólo sea para facilitar la labor de los estudiosos…

Por cierto, ¿qué pinta el archivo histórico de la Corona de Aragón en Barcelona?

P.

Hemos salido mi marido y yo en busca de una agencia de viajes para reservar un viaje a Londres a mediados de febrero para un fin de semana largo. Me ha llamado la atención que hubiera tan poca gente en el centro comercial. Se nota que el euro da menos de sí que la peseta. Y se nota la cuesta de enero.

Mientras tanto, sobre mi mesa no hay excesivo trabajo.

P.

Se me ha ocurrido un nuevo término: «copyambidextrous». Creo que con él se puede satisfacer al creador y al consumidor de la obra protegida por derechos de autor. Me temo, sin embargo, que resultan perjudicadas las compañías intermediarias.

Vamos a ver. Actualmente el autor de la obra recibe un 10% o menos del precio final de venta. Pongamos un CD que cuesta 15 euros (precio muy normal en nuestro mercado). De ahí sacamos 1,5 euros para el autor y 1 euro más en concepto de fabricación. Hasta que llega a la calle, ese producto de 2,5 euros se incrementa en un 600%… Y esa subida la soporta el consumidor de música.

Hay algo que no está bien. Hay algo que hiede… Quizá me duele ese 10% máximo del autor. Quizá me resulta insultante ese 600% de los intermediarios. Imagino que de ahí, un 50% exclusivamente es para las casas discográficas y el resto para las distribuidoras. Es decir, el que menos trabaja y menos se arriesga (lo que no se venda, se devuelve) se lleva la parte del león: 6,25 euros.

Lo anterior es un ejemplo de un mundo que no conozco. Pero el mundo que sí conozco es el de los libros y, además, trabajé en una editorial durante un par de años. En las editoriales, el corte del distribuidor era como mínimo del 47% del precio final del libro.

A veces, cuando pienso en lo que me gustaría ganarme la vida como escritora, que me tradujesen y que me leyesen, la verdad es que me echo a temblar… ¡A cuántas personas voy a enriquecer!

P.

Me gusta la imaginación; quizá por eso prefiero un buen libro a una buena película. El libro me ofrece la oportunidad de ser la creadora de las imágenes que intentan pintar las palabras. La película sólo me quita ese derecho. Con el libro, aprendo a montar escenas, a pintar personajes y a adivinar el timbre de sus voces. Con el libro, puedo abstraerme mejor de lo que me rodea y entrar, plenamente, en un mundo que no es ni mío ni del autor, porque nos pertenece a los dos.

Eso no quiere decir que no me gusten las buenas películas. De hecho, el otro día vi «Las crónicas de Narnia» y estoy deseando desembarazarme de trabajo para meterme en el libro. Lo malo es que ya me han puesto los actores y los paisajes, que ahora interfieren con mi imaginación

P.

No trabajar, en mi campo, es en realidad un trabajo a tiempo completo. Dos días o tres de inactividad, a lo sumo, me vuelcan hacia la actividad frenética de pulir mi currículo y actualizarlo; comenzar a mirar las listas de prácticas de pago para encontrar posibles clientes; visitar sus páginas web y asegurarme de que hacen traducciones de mis idiomas; rellenar sus formularios en la web o enviarles un correo si así lo piden, siempre con el currículo pegado en el cuerpo del mensaje para que no termine en la basura; rellenar los interminables cuestionarios; hacer una prueba si así lo exigen y a mí me compensa esa inversión de tiempo.

Digo esto que a muchos podrá parecer una perogrullada, pero es que no me canso de escuchar historias de personas que se quedan en casa de brazos cruzados esperando a que caiga el maná del cielo.

Ser independiente también tiene esto: ser responsable y capaz para buscar trabajo cuando escasea.

P.

Año nuevo, vida nueva. Eso dicen, pero lo cierto es que me meto con el mismo tema de siempre: las tarifas. ¿Hasta cuándo vamos a seguir los traductores apedreándonos nuestros bonitos tejados de cristal? (Me refiero en todo momento a España, donde no se creó la licenciatura de TeI hasta los años 90, cuando una generación de traductores actuales ya habíamos pasado por las aulas universitarias y muchos vivíamos en el extranjero.)

Ya sé que lo nuestro está difícil, que hay mucho «intruso» (yo misma, que no tengo carrera especializada en Traducción e Interpretación pero sí dos filologías y 12 años de estancia en Estados Unidos que ya quisieran para sí mismos muchos «erasmos»)…

Compruebo siempre lo mismo: los que tiran las tarifas de traducción (máximo de 6 céntimos por palabra en textos técnicos, de ahí para abajo, «anything goes»), son los recién licenciados en TeI que carecen de formación práctica y de años de estancia en el extranjero.

La universidad es buena para darte una base teórica sobre la que tienes que construir tus conocimientos. Durante 12 años he enseñado en varias universidades estadounidenses cursos de lengua, literatura y cultura, término ambiguo con el que enmascaraban la historia. Y no presumo de que mis estudiantes aprendieran más que unas pautas generales hasta que cruzaban el charco y se lanzaban a la aventura española.

Resulta que los que mantenemos las tarifas más altas somos los traductores que, precisamente, no hemos estudiado la carrera de traducción, sino que hemos llegado a esta profesión por caminos variopintos y bastante enriquecedores.

A ver, repito lo de siempre: la marca de un buen traductor es su calidad, no su bajada de pantalones en las tarifas. TODOS podemos aspirar a las mismas tarifas y ofrecer la misma calidad, sólo es necesario pagar a un revisor de confianza y conocimientos sólidos del tema que tengamos entre manos para que garantice la idoneidad y la calidad de nuestro trabajo.

P.