Archivo de Febrero 2006

Encontré eso, una joya que quiero compartir de manera íntegra. Que la disfrutéis.

P.

AYAAN HIRSI ALI

Estoy aquí para defender el derecho a ofender.

Creo firmemente que este vulnerable empeño llamado democracia no puede existir sin libertad de expresión, en especial en los medios de comunicación. Los periodistas no deben renunciar al deber de hablar libremente, un derecho que en otros hemisferios se niega a la gente. Mi opinión es que el Jyllands-Posten hizo bien en publicar los dibujos de Mahoma y que otros periódicos europeos hicieron bien en reproducirlos.

Repasemos el caso. El autor de un libro para niños sobre el profeta Mahoma no podía encontrar ilustraciones para su texto. Dijo que los ilustradores se autocensuraban por miedo a reacciones violentas de los musulmanes, para quienes está prohibido representar al Profeta. El diario Jyllands-Posten decidió investigarlo. Pensaron -con razón- que ese tipo de autocensura tiene consecuencias importantes para la democracia. Como periodistas, su deber era solicitar y publicar los dibujos.

Debería darles vergüenza a los periódicos y canales de televisión que no tuvieron el valor de mostrar a sus lectores las famosas caricaturas. Esos intelectuales que viven gracias a la libertad de expresión, pero aceptan la censura, esconden su mediocridad de espíritu, detrás de palabras grandilocuentes como «responsabilidad» y «sensibilidad», pero son unos cobardes.

Debería darles vergüenza también a esos políticos que afirmaron que publicar y reproducir los dibujos era «innecesario», «insensible» e «intempestuoso», que estaba «mal». Creo que el primer ministro de Dinamarca, Anders Fogh Rasmussen, actuó acertadamente cuando se negó a entrevistarse con representantes de los regímenes tiránicos que le pedían que reprimiera a la prensa. Deberíamos ofrecerle nuestro apoyo moral y material; es un ejemplo para todos los demás líderes europeos. Ojalá mi primer ministro tuviera las agallas de Rasmussen.

Debería darles vergüenza a esas empresas europeas que han puesto anuncios en los que proclaman «no somos daneses» o «no vendemos productos daneses». Eso es cobardía. Después de esto, el chocolate Nestlé nunca volverá a saber igual, ¿verdad? Los Estados miembros de la UE deberían compensar a las empresas danesas por el daño que les han supuesto los boicoteos. La libertad no es barata. Merece la pena pagar unos cuantos millones de euros por defender la libertad de expresión. Si nuestros Gobiernos no ayudan a nuestros amigos escandinavos, confío en que los ciudadanos europeos organicen una campaña de donaciones para las empresas danesas.

Nos han inundado de opiniones sobre el mal gusto y la falta de tacto de los dibujos, han subrayado que éstos no han engendrado más que violencia y discordia. Muchos se han preguntado para qué han servido. Pues bien, su publicación ha servido para confirmar que existe un miedo generalizado entre los autores, cineastas, dibujantes y periodistas que desean describir, analizar o criticar los aspectos intolerantes del islam en toda Europa.

También han desvelado la presencia en Europa de una minoría importante que no comprende o no acepta los mecanismos de la democracia liberal. Unas personas -muchas de ellas con pasaporte europeo- que han propugnado la censura, los boicots, la violencia y unas leyes nuevas que prohíban la islamofobia.

Además, los dibujos han mostrado a la opinión pública que existen países dispuestos a infringir la inmunidad diplomática por motivos de conveniencia política. Gobiernos perversos como el de Arabia Saudí organizan movimientos populares para boicotear la leche y el yogur de Dinamarca, cuando, en realidad, aplastaría sin piedad cualquier movimiento popular que luchase para obtener el derecho al voto.

Hoy estoy aquí para defender el derecho a ofender dentro de los límites que marca la ley. Es posible que se pregunten ¿Por qué Berlín? ¿Y por qué yo?

Berlín es un lugar importante en la historia de las luchas ideológicas sobre la libertad. Ésta es la ciudad en la que un muro mantenía a la gente dentro de los confines del Estado comunista. Fue la ciudad en la que se centró el combate de las ideas. Los defensores de la sociedad abierta hablaban a la gente sobre los defectos del comunismo. Pero la obra de Marx era objeto de discusión en las universidades, las páginas de opinión de lso periódicos y las escuelas. Los disidentes huidos del Este podían escribir, hacer películas, dibujar y utilizar su creatividad para convencer a los ciudadanos de Occidente de que el comunismo no era, ni mucho menos, el paraíso de la Tierra. A pesar de la censura brutal en el Este y la autocensura de muchos occidentales que idealizaban y defendían el comunismo, la batalla acabó por ganarse.

Hoy, el reto al que se enfrenta la sociedad libre es el islamismo, una doctrina atribuida a un hombre que se llamaba Mahoma Abdulá, que vivió en el siglo VII y a quien se considera un profeta. Muchos de sus seguidores son personas pacíficas; no todos los musulmanes son unos fanáticos, y quiero dejar muy claro que tienen perfecto derecho a ser fieles a sus creencias. Sin embargo, dentro del islam, existe un movimiento intransigente que rechaza las libertades democráticas y pretende destruirlas. Estos islamistas tratan de convencer a otros musulmanes de que su forma de vida es la mejor. Pero, cuando quienes se oponen al islamismo intentan denunciar las falacias ocultas en las enseñanzas de Mahoma, entonces se les acusa de ser blasfemos, socialmente irresponsables e incluso islamófonos o racistas.

No se trata de raza, color ni tradiciones. Se trata de un conflicto de ideas que trasciende las razas y las fronteras.

¿Por qué yo? Yo soy una disidente, como aquellos habitantes de la parte oriental de esta ciudad que huían a Occidente. Nací en Somalia y crecí en Arabia Saudí y Kenia. Seguí con fidelidad las normas dictadas por el profeta Mahoma. Como los miles de personas que se han manifestado contra los dibujos daneses, pensaba que Mahoma era perfecto, la única fuente del bien, el único criterio para distinguir entre el bien y el mal. En 1989, cuando Jomeini ordenó que mataran a Salman Rushdie, pensé que tenía razón. Ahora no.

Creo que el profeta se equivocó al situarse a sí mismo y sus ideas por encima de las críticas.

Creo que el profeta Mahoma se equivocó al dictar que las mujeres estuvieran subordinadas a los hombres.

Creo que el profeta Mahoma se equivocó al decretar que se asesinara a los homosexuales.

Creo que el profeta Mahoma se equivocó al decir que había que matar a los apóstatas.

Se equivocó al decir que a las adúlteras había que azotarlas y lapidarlas y a los ladrones había que cortarles las manos.

Se equivocó al decir que quienes mueren en nombre de Alá serán recompensados con el paraíso.

Se equivocó al afirmar que sólo se podía construir una sociedad justa basándose en sus ideas.

El profeta Mahoma hizo y dijo cosas buenas. Animó a ser caritativos con los demás. Pero pienso que también fue irrespetuoso e insensible hacia quienes no estaban de acuerdo con él. En mi opinión, está bien hacer dibujos y películas que critiquen a Mahoma y es necesario escribir libros sobre él, para educar a los ciudadanos.

No deseo ofender ningún sentimiento religioso, pero no estoy dispuesta a someterme a la tiranía. Exigir que unas personas que no aceptan las enseñanzas de Mahoma se abstengan de hacer dibujos de él no es reclamar respeto, sino sumisión.

No soy la única disidente que existe en el islam. Hay más como yo en Occidente. Si no tienen guardaespaldas, viven con identidades falsas para protegerse. Y también hay otros que se niegan a conformarse: en Teherán, en Doha y en Riad, en Ammán y El Cairo, en Jartum y Mogadiscio, en Lahore y Kabul.

Los disidentes del islamismo, como los del comunismo, no tenemos bombas nucleares ni armas de ningún otro tipo. No contamos con dinero del petróleo como los saudíes. No quemamos embajadas ni banderas. Nos negamos a dejarnos arrastrar por un frenesí de violencia colectiva. Somos demasiado pocos y estamos demasiados dispersos para ser un colectivo. En Occidente, nuestra presencia electoral es prácticamente nula.

Lo único que tenemos son nuestras ideas; y lo único que pedimos es la oportunidad de expresarlas.

Nuestros oponentes emplean la fuerza para callarnos. Utilizan la manipulación; aseguran que se sienten mortalmente ofendidos. Explican que tenemos un desequilibrio mental y que no se nos puede tomar en serio. Los defensores del comunismo también empleaban esos métodos.

Nuestra lucha puede parecer difícil y confusa, pero soy optimista. Berlín es una ciudad que anima al optimismo. El comunismo fracasó. El muro se derribó. Un día, el muro virtual que separa a los amantes de la libertad de quienes sucumben a la seducción y a la seguridad de la ideas totalitarias también caerá.

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Ayaan Hirse Alí es diputada en el Parlamento Holandés, vive bajo protección policial tras haber escrito el guión de la película Sumisión, que le costó la vida a su director Theo van Gogh, asesinado por un fundamentalista islámico en noviembre de 2004. Este texto corresponde a una conferencia pronunciada el 9 de febrero en Berlín.

No sé si en realidad he hecho algo muy idiota. Si atraída por los números de visitantes, no he vendido mi alma al diablo de un portal de blogs. Quizá sea la resaca tecnológica que me ha dejado la gripe, o el día, que está gris y frío en Madrid. O la debilidad que me han provocado esos 5 kilos que me ha robado la fiebre. Sólo el tiempo revelará la naturaleza de lo que he hecho.

P.

Por lo menos, hoy no me lloran los ojos cada vez que miro a la luz, ni me moquea la nariz, ni me duele todo el cuerpo al pulsar estas teclas. Diría que ya estoy a medio camino del mundo de los vivos.

Hace un sol radiante, imagino que también frío, pero no importa: estoy en casa, estoy en pie, estoy mejor.

P.

Está nevando un poco en Madrid. Unos copos finos, de nieve seca, que no cuajan ni cuajarán, vista la vagancia con la que caen. La A-3 (carretera de Valencia) con cadenas por nieve a 20 km de Madrid.

Y yo me quedo aquí, con esta mala gripe que me ha caído en (des)gracia, cuidándome estos dolores de todo el cuerpo que me convirtieron en anciana antes de tiempo.

Lo dicho, hasta el 40 de mayo no te quites el sayo (con lo calentitos que son…).

P.

Salgo esta mañana a hacer unas compras. Cuando ya estoy en El Corte Inglés, recuerdo que es San Valentín y me gasto una pasta gansa en viandas para una cena memorable.

Los supermercados me fascinan. Intento ir con una lista que, invariablemente, olvido en casa o en uno de los bolsillos del abrigo. Lo peor no es olvidarla. Lo peor es que casi nunca compro todo lo que necesito y sí compro muchas cosas que no necesito. Mi ticket de compra de hoy mide 47 cm, he gastado más de 100 euros y se me han olvidado 3 cosas.

No tengo remedio.

P.

Por cierto, buenas películas que he visto últimamente: «Crash» (sensacional, como dice un amigo, está perfectamente engarzada) y «Seis grados de separación» (un buen reencuentro; se me había olvidado todo menos la buena sensación que me dejó la primera vez que la vi).

… do as Romans do. Que tiene su equivalente castizo en el «Allá donde fueres, haz lo que vieres».

Ando indignada, así de claro. Ando indignada porque empiezan a dictarme lo que puedo y no puedo hacer en mi país, en mi casa. Leo con estupor, mientras Europa se debate entre el deseo de libertad de expresión y la necesidad de ceder al chantaje islámico, que en Francia ya existen piscinas segregadas… La Francia liberal, libertina y lasciva se me convierte en un país mojigato.

Y digo yo: ¿tengo derecho a beber alcohol en sus países? ¿Puedo entrar en sus mezquitas a mi antojo? ¿Puedo deambular por sus calles como si estuviera en cualquier ciudad de tradición cristiana? ¿Nooo?

¡Pues a la mierda todos!, que diría Fernán Gómez.

P.

Me encanta la primera Catilinaria de Cicerón, esa que empieza con el «Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?» (¿Hasta cuándo, di, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?). Me gusta la fuerza de ese verbo en futuro, de esa opción léxica de abusar. Creo que define el tono del discurso entero. Es más, para mí todo va cuesta abajo tras esa frase mágica y poderosa. Es sencillamente perfecta.

Creo recordar que Catilina había intentado armar una conspiración contra el poder establecido, que fracasó, naturalmente. Ahora no es tanto una conspiración como una conjura de los necios, que sin tanto arte y sin tanta gracia, se empeña en dictarnos sus reglas y cómo vivir. Me refiero a los fundamentalistas que ya llevan unos días dando la lata porque un periódico de Dinamarca sacó a su profeta con una bomba en el turbante a modo de caricatura.

El respeto por unos coarta la libertad de expresión de otros, ¿es eso? ¿Y los muertos no coartan a nadie? Porque los muertos se acumulan por ambas partes…

Ando cansada de que me quieran imponer costumbres ajenas a mi forma de vida. Sobre todo porque, como mujer que soy, en el mundo árabe sólo valgo los hijos que tengo. Es decir, sólo valgo cero.

P.

Es curioso cómo evolucionamos. Tenemos muchos dichos y refranes que vienen a apuntalar la (falsa) creencia de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Sin embargo, a medida que crecemos, nuestros gustos se hacen más sofisticados (o más pretenciosos, váyase usted a saber).

Digo falsa creencia porque soy de las primeras en chillar de terror cuando se empiezan a desenterrar fotos antiguas. «Mira qué pintas», «Dios mío, qué pelos» o «¿Te has fijado en esos pantalones de campana?» son los leitmotivs de cualquier conversación que pase por álbumes familiares. Es decir, se nos nublan los ojos con nostalgia, pero sentimos pavor al ver lo que nos gustaba o lo que llevábamos.

Recientemente, volví a ver una película de la que había salido embelesada del cine con mis 10 años: «El tulipán negro», con Alain Delon de aristócrata populista durante la revolución francesa. Desde mi óptica de présbita de 43 años, me fallan varias cosas; a saber:
1. Alain Delon es TAN guapo que me resulta empalagoso.
2. Por cuestiones de presupuesto (imagino), la película se rodó en Trujillo. No paro de reírme mientras aparece la estatua de Pizarro en una supuesta «ciudad francesa» de la época de la revolución.
3. En las escenas donde aparece Delon como gemelo, no paro de buscar la vertical o los detalles de luz y color que me desdoblen la escena.
4. Me río de la heroína (Virna Lisi) porque es una mujer muy moderna y muy avanzada (terriblemente chauvinista esta visión de una mujer avanzada).

Total, que la película que me embelesó, hace que me ría y que me avergüence de lo que me gustaba.

Hace un par de días volví a ver la que consideraba mi película favorita: «La insoportable levedad del ser», primera película en la que vi a Daniel Day-Lewis, a Lena Olin y a Juliette Binoche (qué tres actores a los que conocí al mismo tiempo). Se convirtió en mi favorita cuando tenía 26 años. La veo en una doble tanda, con mi marido al lado que no deja de comentarme: «Esta película es un poco rara, ¿no?», y yo medio desesperándome por tener que prestar atención a dos cosas a la vez (en lo que se refiere al oído, soy incapaz de la multitarea; si intento escuchar dos cosas a la vez, resulta que no oigo ninguna).

Se me habían olvidado muchos detalles, pero vuelvo a sentir la misma risa nerviosa cuando veo a Lena Olin calándose su bombín o vuelvo a sentir esa sensación de impotencia cuando se quedan con sus pasaportes al volver a Checoslovaquia…

Suspiro con alivio. Sigo pensando que es una película maravillosa. A pesar del tiempo y la distancia, a pesar del idioma.

Quizá no tenía tan mal gusto a los 26 años.

P.