Archivo de Marzo 2006

No me refiero a los corrimientos de tierras, tan habituales en épocas de lluvia abundante, sino al corrimiento matemático que sufrimos con la entrada del euro… Sigo encontrando muestras patentes de que los precios actuales sólo supusieron el corrimiento de una coma decimal dos lugares a la izquierda. Donde antes eran 520 pesetas, ahora hablamos de 5,20 euros (= 865 pesetas).

Lo único que de verdad se convirtió (a la baja) fueron los sueldos.

P.

Siempre que oigo esta frase, me parece ver a Robin Williams susurrándola junto a las vitrinas de fotografías de los antiguos alumnos en «El club de los poetas muertos», una de esas películas que me hacen creer en determinadas personas dentro del sistema educativo.

Carpe diem, pero se termina marzo, termina el frío y, con mi despiste habitual por el cambio estacional, me aferro al edredón como si de un salvavidas se tratara.

Carpe diem, y sé que el Valle del Jerte empieza a cuajarse de blanco de los cerezos en flor.

Carpe diem, musito, mientras desearía poder apagar el ordenador, olvidarme de esta traducción tediosa e irme a la cama.

Carpe diem, mientras en realidad yo aprovecho la noche.

Ha llegado la primavera. La puedo oler en el aire que entra por la ventana abierta.

P.

PD: Por cierto, ayer vi una película que me encantó, «Casa de arena y niebla». Había leído la novela hacía tiempo, pero la tenía muy olvidada. Las imágenes de la niebla «subiendo» por las colinas son estéticamente impecables. Me pareció una película triste, con un Ben Kingsley que me recordó mucho al personaje de «The Death Maiden».

Últimamente, Madrid empieza a respirar primavera. Desaparecen las nubes, el sol empieza a alargar las sombras y, sobre todo, esa hora de adelanto que me hace imaginar casi noches veraniegas. Las ventanas vuelven a mantenerse completamente abiertas y esas polillas chiquitinas y latosas se vuelven a colar en la casa.

En París, las calles se llenan de jóvenes que rechazan un plan de trabajo que permite echar al trabajador a la calle durante sus dos primeros años de empleo, sin dar razones. Yo me creía que lo nuestro en España era el súmmum de los contratos basura, pero está visto que siempre llega alguien detrás que nos hace buenos.

P.

Imagino que todos habéis leído la noticia sobre la tregua de ETA. Todo esto me recuerda una película que vi hace bastantes años que se llamaba «La reina de los bandidos». Está basada en la historia real de Phoolan Devi, una mujer de La India que se une a un grupo de bandidos y termina liderándolos. No se me olvida el «consejo» que le da su amante: «Si matas, no mates a tres, porque si te atrapan, te ajusticiarán. Mata a mil y así obligarás al gobierno a negociar». ETA ya ha puesto sus mil muertos sobre la mesa… Y el gobierno se siente obligado a negociar.

P.

Hacía mucho tiempo que no escribía nada propio. No me refiero al blog ni a mis traducciones, sino a mis relatos. El otro día encontré un relato a medias y decidí terminarlo. No sé si fue decisión propia o de mi mano, que de repente se encontró muy a gusto con el peso de la pluma entre los dedos. Lo cierto es que rescaté un tema antiguo y reencaminé mi relato en una dirección más consecuente con mi situación actual. Al final, decidí colgar unos cuantos relatos en la web, aunque sin conexión desde las páginas «oficiales».

Rutinas

P.

Los traductores solemos trabajar con plazos de 30 días durante los cuales nuestros clientes pueden realizar el pago de las facturas que les hayamos presentado. No entiendo muy bien lo de los 30 días. Yo no voy a una tienda y le digo que ya le pagaré el abrigo en un mes. Ni voy al dentista y le cuento lo mismo.

No sé de dónde sale esta (mala) costumbre de los traductores de garantizar el crédito a nuestros clientes… Y si al menos pagan en el plazo previsto, todos contentos. Pero estoy harta de ir «despidiendo» a clientes que son un poco negligentes con mis facturas.

Por lo menos contamos ya con legislación contra la morosidad. No obstante, creo recordar que las administraciones públicas se escaquean de sus propias leyes… ¡Qué país!

P.

No sé si el ser un poco más mayor que la media (el mes que viene cumplo 44) me da más tablas y más confianza en mis habilidades. No sé si es madurez, desparpajo o simple pachorra, pero en las épocas un poco ligeras de trabajo ando acostumbrada a buscar y esperar pacientemente. :-) Hasta hago pruebas con las cuentas de correo para ver si, por un extraño motivo, han dejado de funcionar. Luego, un día cualquiera, me llegan tres encargos a la vez. Así es como suele funcionar.

Por eso, no sé qué lógica tienen los nuevos traductores cuando, por trabajar a cualquier precio, admiten tarifas que ya eran bajas en el año 2000. O cuando desoyen las voces de aviso sobre la deshonestidad de determinadas agencias sólo porque les han aceptado sus tarifas… Pero si no les piensan pagar, ¿qué más da? Como si les aceptan tarifas de un euro por palabra.

P.

Por primera vez casi, ando leyendo un libro de ciencia ficción. No me refiero a los que considero clásicos, como «1984», por ejemplo. No, no. Es pura ciencia ficción. Me lo recomendaron, le empecé a hacer una colección de ciencia ficción a mi marido (a quien sí le gusta) y dio la casualidad de que este fue el tercer título.

Quizá me gusta porque, a pesar de la etiqueta, veo cosas con las que puedo sentir cierta afinidad. Por ejemplo, se habla de dos personajes que crean tendencias ideológicas en la red. Y yo, que llevo realmente metida en Internet desde 1995, me puedo identificar con esas vivencias, con las identidades falsas, con las batallas ideológicas, con la cierta libertad que da el anonimato para quitarse los guantes.

Creo que esa ha sido la verdadera constante de Internet desde el principio: el desenmascaramiento de los instintos que, por educación o hipocresía, mantenemos controlados en nuestra vida social.

P.

PD: por cierto, hablando de colecciones, vuelvo a darme de tortas por haberme dejado arrastrar a unas cuantas… Sueño con la estantería de varios metros que cubrirá una pared entera de la sala de estar y que me permitirá repartir los libros por la casa y sacarlos de la habitación en la que están amontonados ahora mismo.

Fin de semana totalmente visual. En último lugar llegó la F1 desde Bahréin. Ganó Alonso con un Schumacher pletórico en pista. F1 en estado puro, de la que crea afición, de salida de boxes a la par y llegada ajustada a la curva, a ver quién deja pasar a quién. Insuperable.

Antes llegaron dos historias que me dejaron conmocionada. Una fue una película, «El jardinero fiel», tremendo relato sobre el África postcolonial que sin estar directamente sometida a la metrópolis, sigue estando a su antojo. Historia de medicamentos fallidos cuyas pruebas se desarrollan en África, donde toda la población es un conejillo de Indias. Tremendo.

Otra fue la historia de los budas gigantes de Bamiyán, área situada en las antiguas rutas de la seda, al norte de Afganistán. Budas excavados en nichos de roca, colosos que albergaban miles de celdillas monacales, que fueron destruidos por los talibanes, que son iconoclastas por la prohibición coránica de representar figuras de culto. La historia se centra en varios personajes ligados de una u otra forma a la destrucción de los budas o al recuerdo de su existencia. Sale un periodista de Al-Yazira, con un discurso pseudointelectual que canta las maravillas del mundo islámico y la supuesta igualdad de su sociedad. Después leo que es el periodista detenido en Granada en conexión con Al-Qaeda… Queda la barbarie de unos individuos que destruyen parte de su historia con una antigüedad superior a su actual corriente. Ejemplo seguido por los chinos, que queriendo hacer un homenaje a los destruidos budas de Bamiyán, hacen un coloso kitch en piedra en una ladera de un monte y destruyen unas cuantas tumbas de más de 2.000 años.

Me quedo con una pancarta sobre la entrada del destruido museo de Kabul:

«Una nación se mantiene viva mientras su cultura perdura»

P.

Ya llegó el circo. Tras cinco meses de descanso, vuelve la temporada de F1 con un comienzo atípico, a caballo entre Europa y Australia: Bahréin. Veremos si este año es tan trepidante y reñido como el pasado. Yo, por si las moscas, empiezo a preparar palomitas y patatas fritas.

P.

Resulta preocupante que se pierdan las formas. Y se pierden (por no decir que están ya más que perdidas).

Hace unas semanas anuncié a un cliente una subida de tarifas de un centavo de dólar. Hacía un par de años que no le había subido las tarifas y tocaba. Además, me había comido yo solita la devaluación del dólar, que me llegó a hacer perder hasta el 30% de lo que cobraba por mi trabajo al cambiarlo a euros.

Cuál no sería mi sorpresa cuando me acusó de pesetera… Y digo yo: ¿hace falta ser tan desagradable? Porque con un «lo siento mucho, no podemos absorber tu subida», aquí paz y después gloria. Yo me busco un nuevo cliente que me acepte mis tarifas y la agencia se busca una nueva traductora que viva contenta con pérdidas de hasta el 20% actualmente.

Pero ahora eso ya no me vale. Me ha quedado una imagen mezquina de una agencia con la que colaboré durante tres años sin un problema. Y como a perro achacoso todo se le vuelven pulgas, en el último cheque para zanjar nuestra colaboración se equivocaron a su favor… En fin…

P.

Por cierto, vi «Syriana» este fin de semana. Sólo se la recomiendo a los que salieron encantados de «Traffic». No me convenció en absoluto y sólo saqué una conclusión (DE LA PELÍCULA): el mejor árabe es un árabe muerto. Y el mejor estadounidense también.