Archivo de Abril 2006

Lo realmente bueno de trabajar por las noches es la oportunidad que tengo de escuchar música. Me pongo los auriculares, cargo el Winamp y lo pongo. Suelo cargar por carpetas (tengo mucha música en el ordenador; más de 20 GB), lo mezclo bien y lo pongo en marcha. A veces descubro a alguien que no me gusta entre lo que he cargado y rehago mi selección.

Nunca tengo menos de 500 canciones metidas en el programa que, a una media de 4 minutos, son 2.000 minutos de canciones, más de 33 horas de música. Lo bueno que tiene esto es que cuando el programa llega al final, vuelve al principio automáticamente, momento en el que suelo redescubrir alguna «joya» que ya se me había olvidado.

No obstante, cuando tengo más trabajo del que quiero y tengo que apretar los codos y teclear como una posesa, sólo hay una música que me deja hacerlo: «La flauta mágica» de Mozart. Me la sé de memoria.

P.

Estamos en un fin de semana largo. El lunes es el Día del Trabajo (como si el resto del año nos permitieran hacer vacaciones…) y el martes el Día de la Comunidad de Madrid. También se acerca San Isidro (15 de mayo) y empiezo a temblar por lo difícil que será aparcar cuando empiecen los toros.

«El PSOE ha llevado al Congreso una iniciativa para que se reconozcan los derechos de los grandes simios, nuestros antepasados.» (El Mundo, hoy)

Eso está muy bien, sí señor. En vez de preocuparse de que nuestro sueldo base sea una de las grandes mierdas de Europa, de que los jóvenes no puedan independizarse de sus padres por falta de vivienda a precios asequibles*, de la falta de trabajos, de la baja calidad de nuestra educación, de que haya más de 100 muertos en unas minivacaciones, el PSOE se preocupa de los grandes simios: gorilas, chimpancés y demás.

Claro, que es que yo no lo llamo PSOE, lo llamo P, de patata. Porque ni socialistas, ni obreros, ni españoles.

P.

*Se quedó en aguas de borraja la promesa de las 200.000 viviendas, que luego eran apartamentos, después minipisos y finalmente «soluciones habitables», para la que se creó un ministerio específico y desde el que lo único que se gestiona es una web, www.kelifinder.com, desde la que te regalan un par de zapatillas para que te patees tu ciudad buscando un piso.

Reconozco que últimamente veo cosas «raritas». Anoche le tocó el turno a un documental canadiense que se llamaba «Nuclear Jihad». Describía la red de Khan, el paquistaní que le dio el poder nuclear a su pueblo y luego se dedicó a «esparcirlo» a los cuatro vientos.

Parece que hay dos maneras de hacer un ingenio nuclear. Una pasa por el plutonio enriquecido y la otra por el uranio enriquecido. Para el plutonio se necesitan grandes instalaciones y mucho tiempo. En cambio, para el uranio, sólo se necesitan centrifugadoras para enriquecerlo y se obvian los pasos más costosos en recursos y tiempo. Es más, las centrifugadoras que inventó Khan parecen ser bastante seguras y trabajan en paralelo, de manera que se pueden montar cientos en una misma instalación. Son como tubos que se instalan en vertical y miden como 1,50 m y tienen un diámetro de unos 30 cm. Es decir, se pueden montar cientos en poca extensión.

Una vez que Pakistán tenía armas nucleares, Khan estableció oficinas en Dubai y se dedicó a exportar sus conocimientos (me parece que mencionan el precio de 100 millones de dólares, y regalaba los planes chinos de fabricación de ingenios nucleares con el lote).

Lo cierto es que lo pillaron in fraganti en Libia y el escándalo hizo que Gadafi renunciara a sus pretensiones nucleares. Pero ya había vendido a los coreanos del norte, a Irán y no se sabe bien si a algún grupo terrorista. De hecho, el antiguo responsable de la inteligencia paquistaní es buen amigo de bin Laden…

Mientras, por las cosas de la legalidad en el mundo islámico, Osama ha conseguido una fatwa que le permite el uso de armas nucleares aunque con ellas extermine a todos los infieles.

:-) Si ahora va a ser que la radiación distingue entre infieles y buenos musulmanes…

P.

Acabo de ver un documental curioso, que se llamaba «El otro Nostradamus». Tras presentar a varios de los grandes adivinos mundiales, se centraba en un individuo de aspecto anodido, nacido en Kentucky a finales del siglo XIX que, por lo que dicen, era un auténtico portento.

Esto de las adivinaciones me produce un fuerte escepticismo. Debe ser que mi 5% (de capacidad cerebral) anda muy justito. Pero para curioso, lo que dicen que afirmaron los mayas: estamos en el cuarto mundo llegando a término para dejar paso al quinto mundo. Y tenemos hasta una fecha y todo: el año 2012… Es decir, según estos señores, en la mitología maya se nos augura el final para dentro de 6 años. Supuestamente coincidirá con el fallecimiento del Papa actual, lo digo por San Malaquías y su profecía sobre los Papas y la llegada del Anticristo.

Pero para recuerdos gratos, un viaje en coche de 10 horas, de St. Louis a Michigan, en el que me leí las profecías de Nostradamus, las comenté y me eché unas buenas risas sobre lo que otros habían «descifrado» en esas estrofas.

P.

(NO LEER SI SE QUIERE VER LA PELÍCULA. SPOILER!!!)

Cometí un error, lo reconozco. Ver la última versión de Casanova es una pérdida de tiempo.

Los guionistas del nuevo Casanova le han dado un giro a lo que conocíamos, no sé si hastiados de cómo se ha escrito la historia hasta ahora, de sexo y piel por doquier, de desmanes amatorios. De momento, comienzan las andanzas de Giaccomo cuando es un tierno infante de unos 10 años y su madre lo abandona para ejercer de actriz.

Salta a sus veintitantos, donde ya ejerce de amante reconocido en Venecia, aunque lo describen más como un asaltacamas que otra cosa. Y, al final, lo impensable: se enamora de una mujer feminista.

Se topa con la Iglesia, o más concretamente con la Inquisición, encarnada en la figura de un Jeremy Irons zafio y tonto. Y lo condenan a morir en la horca por fornicio, junto a su amada, por escribir textos heréticos sobre las mujeres. Heréticos… ¡Ojalá fueran eróticos!

Lo salva su madre en última instancia y su nuevo cuñado queda a cargo de hacerse pasar por él. Es decir, según la película, Giaccomo Casanova es un suplantador.

Y el que anduvo por Madrid, ¿sería el original o el de cartón piedra?

Mala con avaricia, mala hasta decir basta, mala como de un ataque de rabia por ver tanto talento ignorado y mal utilizado.

P.

Llamarlo músculo es un error, porque no lo es. Sin embargo, sí tiene cosas en común con los músculos: la necesidad de ejercitarlo a diario para que no se desentrene. Me refiero al cerebro, esa materia gris que los egipcios extraían por la nariz cuando llegaba la hora de embalsamar a los cadáveres y que no guardaban, porque el asiento de la inteligencia era el corazón.

A pesar de no comprender la verdadera función del cerebro, me creo que lo tenían en mayor estima que esta sociedad que nos ha tocado vivir. Actualmente, si no pesas bastante menos de lo considerado saludable, ya eres obeso. En todos lados vemos lo de que tu aspecto es tu tarjeta de presentación a la hora de buscar un trabajo (no se refieren a la limpieza y una ropa digna, sino a medidas de escándalo y una cara guapa). Y en medio de estos «desmanes», leo la siguiente noticia en el periódico:

«Sanidad espera que en el plazo de tres meses el grupo pueda elaborar unas conclusiones, que serán la base para decidir las medidas a tomar con el fin de lograr una homogeneización de las tallas y una mayor aproximación de los modelos estéticos que se proponen desde el mundo de la moda a la realidad de la sociedad española.»

¿Para cuándo se fomentará un modelo intelectual? Nada pretencioso: me conformo con que la gente sepa leer y escribir correctamente, que se invierta en la educación y en la investigación, que se meta dinero en las bibliotecas, que se fomente la lectura dando un primer paso muy necesario, bajar el precio de los libros. Con eso, de verdad, me conformo.

P.

Empiezo a estar atacada de trabajo, lo cual no es malo si pensamos que todo el invierno lo he pasado muy tranquilo.

Empiezan a llegar los proyectos voluminosos, los paquetes de software, las cosas extrañas que a veces me toca traducir. Anoche, cuando me iba a la cama a las 6:30 de la madrugada, me asaltó la duda de que se me escapaba un trabajito pequeño, al que ni siquiera di un sí rotundo en su día (ventaja de trabajar con clientes de muchos años, de hecho mi primer cliente extranjero).

Naturalmente, no se me había pasado el plazo porque no me habían reclamado el trabajo. Tenía una vaga idea de haberlo recibido a mediados de la semana pasada y haber contestado que ya lo miraría. Me debió llegar en plena fiebre de entrega, por supuesto, porque suelo aceptar o rechazar las cosas sobre la marcha.

Así que antes de quedarme rendida (con esta incertidumbre no me hubiera quedado dormida fácilmente), me volví a levantar, vestir, venir a la oficina, poner el ordenador en marcha y empezar a retroceder unos días en el correo hasta encontrar al culpable.

Miércoles, 12 de abril, ahí estaba. Busqué mi respuesta y vi que sólo había dicho ese lacónico «lo miraré más tarde».

Así que a las 7 de la madrugada hice un encargo chiquitito, sobre etiquetado de ropa.

Suelo tener una agenda abierta al lado del teclado en la que apunto cumpleaños, santos y fechas de entrega. Como tal, nunca he llevado un diario. Cada x tiempo, intento empezar uno nuevo. Me compro un bonito cuaderno y pongo manos a la obra durante… 10 segundos.

Miro la agenda. Salvo la fecha del cumpleaños de mi cuñada, está todo limpio. Escribo la fecha de la entrega del trabajito, de otro trabajo más grande (que tengo paralizado porque la referencia que me dieron en español y que me insistieron que había que seguir al pie de la letra está casi toda en inglés) y del superproyecto que entrego el 2 de mayo.

Aún me queda por saber si, a pesar de tener la agenda abierta al lado del teclado, mañana se me olvidará pasar página y felicitar a mi cuñada… ¡Qué cruz de memoria!

P.

Anoche vi la película del título. Basada en un hecho histórico cuyos motivos se han olvidado, se desarrolla una trama orwelliana con una estética nazi, con cruces de lorena negras sobre fondo blanco y enmarcadas en rojo.

Básicamente, tras terrorismo, guerras y epidemias, el Reino Unido, específicamente Londres y sus alrededores, se ha convertido en un país con un régimen totalitarista al que el pueblo ha rendido todos sus derechos por la promesa del líder de que así los podrá mantener seguros. Todo se rige por una estricta censura y una policía a lo Gestapo que secuestra a ciudadanos desafectos al régimen de los que no se vuelve a saber nada.

En este orden de cosas, aparece un individuo que usa una máscara con una mueca sonriente de Guy Fawkes. Y promete llevar a cabo lo que no pudo hacer el personaje histórico: volar el parlamento inglés. La premisa es que, al eliminar la marca visible de la institución, quizá consiga que los ciudadanos cobren conciencia política y se independicen del régimen totalitarista y lo anulen.

Como siempre, me impacta lo que empieza como cómic (no sé por qué tiene esta palabra connotaciones negativas) y termina bien llevado al cine. ¿Las interpretaciones? Es difícil juzgar cuando uno de los actores lleva una máscara con una sempiterna mueca durante toda la película. El resto de los actores… Algunos son fantásticos: Stephen Fry, tan homosexual y decadente (que lo es en realidad); Rhea, como el policía cuestionando y buscando la verdad; John Hurt, al que le van los papeles de fanático…

Buenos efectos especiales, deshilvanando la historia poco a poco, hasta «conocer» al nuevo Guy Fawkes, tan teatral, tan similar a veces al fantasma de la ópera.

Película interesante para los amantes del cómic. Si no te gustan, es mejor que no lo intentes.

P.

Leo con satisfacción que la Generalitat ha «concedido» permiso para que las obras reclamadas por la diócesis de Barbate vuelvan a tierras aragonesas. No obstante me quedo un poco pasmada por el alcance de la devolución:

«Como condición, exige que se preserve la unidad e integridad de la colección mediante un órgano de gestión en el que estén representadas las partes interesadas. La “consellera” de Cultura, Caterina Mieras, exige además la apertura de más de una sede museística, que incluya el territorio catalán; la edición de un catálogo único de las obras; una política conjunta de intercambio; y que se acuerden itinerarios de turismo rural que difundan los valores de su patrimonio cultural.»

Es decir, al incluir el territorio catalán, proponen que las obras vayan y vengan. Pero aún me pasma más lo siguiente:

«La Generalitat ha concluido que los valores culturales de la colección, que merecieron su catalogación como patrimonio cultural catalán en 1999, se mantienen todavía y que “su valor de conjunto es absolutamente superior al de la suma de cada uno de los elementos que la integran”, por lo que ve necesario garantizar su unidad.»

Sin querer caer en comparaciones odiosas, ¿dónde ha quedado la unidad del Archivo de la Guerra Civil? Y ahora, un pensamiento para las iglesias huérfanas de tallas, tablas o retablos: está visto que las iglesias propiamente dichas no van a recuperar nada.

P.

Dicen que lo prometido es deuda y yo soy mujer de palabra. Hoy que la política sólo nos brinda una dimisión, un cese, una reasignación y dos nuevos nombramientos (todos a nivel ministerial), creo que ha llegado el momento de meterme con el palabro que menos me gusta: «asimismo».

Primero, debo aclarar lo que entiendo por palabro: «engendro léxico que recibe el visto bueno pero que de bueno no tiene nada, ni el número de sílabas». Algunos palabros, a pesar de ser engendros, son tremendamente útiles, pero no es el caso del que hoy nos ocupa. «Asimismo» es feo, incorrecto y una aberración.

Según la Academia, se puede escribir con dos palabras (las de siempre): «Así mismo». Pero es recomendable el uso de «asimismo»…

¿Por qué? ¿Porque quizá alguien consagró su uso por carencias obvias de conocimientos ortográficos y se extendió como un reguero de pólvora? ¿Para distinguirlo de «a sí mismo»?

¿Y cómo se pronuncia? Porque si se pronuncia como suena esa palabra en la calle, a esa esdrújula le falta una tilde…

Yo me aferro a mis dos palabras, «así mismo», cuando quiero indicar «también» o «de igual modo». Si soy consciente de que el revisor que me va a corregir es un tendencioso de lo nuevo, no lo empleo. ¿Para qué? ¿Para qué voy a permitir que alguien, en mi nombre, me quite una tilde y me junte dos palabras que, en realidad, están más bonitas separadas?

P.

En una de las listas a las que estoy suscrita, leo que los estudiantes salen actualmente mejor preparados de la universidad… Y yo, como soy un poco escéptica, empiezo a repasar mentalmente:

- Los estudiantes leen menos actualmente. Hay más métodos de diversión que no implican la lectura (reproductores de mp3, videojuegos, playstation). Hace 20 años, no existían tantos medios de ocio aislado (autistas) como ahora.
- Los programas de estudios están cada vez más limitados. Antes no aprendíamos flora y fauna de Castilla y León, por poner un ejemplo; teníamos que aprender flora y fauna de España.
- Antiguamente las notas tenían un valor numérico específico. Y no era lo mismo un 7 que un 8, aunque ambos sean Notable.
- Si suspendías más de dos asignaturas, te tocaba repetir curso, aunque las otras las hubieras sacado con Matrícula de Honor (que nunca era el caso).
- Las faltas ortográficas se penalizaban en los exámenes, así como la incapacidad de puntuar o de escribir un párrafo coherente.
- Las preguntas de los exámenes eran siempre de ensayo o problema, y obtenías puntos por haber sabido desarrollar el problema aunque tu resultado fuera erróneo.
- No se permitían calculadoras en los exámenes.

En conclusión, creo que entonces se valoraba más el proceso de análisis o desarrollo que ahora. Teníamos mayor capacidad crítica, no se nos servía un puré que memorizar para el examen y olvidar tranquilamente.

Yo nunca había visto tal cantidad de errores ortográficos y gramaticales como los que veo ahora. Creo que actualmente los estudiantes cuentan con más medios, pero no salen mejor preparados.

P.

Tras unos días de trabajo abrumador, dispongo de unos días más tranquilos con un proyecto con un plazo de entrega muy cómodo. Y hoy es mi cumpleaños… Los dos patitos… por 2.

En una de las listas a las que estoy suscrita leo lo siguiente: «No me preocupan las tarifas. La calidad tiene un precio y, hasta ahora, esa ha sido la tónica en mi combinación lingüística de trabajo». Miro los datos del firmante y tiene una combinación muy exótica, con un idioma del Lejano Oriente.

De todas maneras, esa afirmación suya creo que es aplicable a cualquier par de trabajo, incluso el de inglés-español tan abusado y baqueteado en nuestro mercado. Los verdaderos profesionales somos conscientes de nuestra valía y ofrecemos buena calidad que se cotiza a precios elevados. De hecho, cuando veo tarifas escandalosas (por bajas, naturalmente) se me ocurren varias posibilidades:

- espontáneo, de los que ha ido a Londres una semana y traduce para sacarse unas «pelillas»
- traductor profesional en total aislamiento del mercado
- traductor recién licenciado sin experiencia
- traductor profesional que vive en un clima económico poco favorable (como lo que pasó en Argentina).

En todos estos casos, excepto en el del espontáneo (el «José María el Tempranillo»* de la traducción), tengo la firme convicción de que se pueden lograr tarifas más altas y razonables.

El traductor profesional que cobra a la baja por desconocimiento del mercado me parece lamentable. Actualmente, Internet ha deshecho las barreras del aislamiento. Yo trabajo desde casa pero me comunico con traductores de todo el mundo, así que existe un flujo de información muy beneficioso. Hay que apuntarse a comunidades y listas de distribución de traductores, cogerle el pulso al mercado e ir sobre la cresta de la ola.

Para los traductores novatos sólo tengo un consejo: exige las mismas tarifas y paga una parte a un revisor que garantice la calidad de lo que entregas. Lee lo que escribí en este blog en otra ocasión: «Traductores recién llegados a la profesión: cómo mantener unas tarifas mínimas y no morir en el intento». Ahí está todo explicado.

A los traductores que pasan por situaciones económicas deplorables sólo les recomiendo que utilicen Internet para encontrar clientes de países un poco más estables económicamente hablando. Y mi admiración por ser capaces de capear el temporal.

Al espontáneo de la traducción sólo unas palabras de aliento para que se dedique a… servir cafés, barrer las calles, ejercer de guardia urbano, flagelarse en las cálidas noches de junio… Bueno, tú ya me entiendes, Pepe. Deja de traducir y deja ya de jodernos el mercado a todos.

P.

*Famoso bandolero de la mitología andaluza (http://www.terra.es/personal6/jarodmar/tempranillo.htm, ahí están todos los datos).