Después de unos días un tanto extraños en los que empiezo a pensar que 1984 debería titularse 2006, por ese Gran Hermano que todo lo vigila, lo ata y rescribe, quiero hablar de la película del título.
Basada en una obra de teatro llamada Novecento, de Alessandro Baricco (conocido autor de Seda), Giussepe Tornatore aprovecha un paisaje limitado pero no por ello menos magnificente para crear una historia que se resume en una melodía. Su paisaje es el océano, específicamente un transatlántico de los de finales del XIX y principios del XX que transportaban las ingentes cantidades de inmigrantes de una Europa empobrecida hacia EE. UU., un país que ofrecía oportunidades laborales y económicas.
En uno de estos transatlánticos, nace Novecento, un niño abandonado por su madre, que se criará entre calderas y recibirá ese nombre porque lo encuentran en el año 1900, en una caja de frutas, sobre el piano del barco.
Aprenderá a tocar el piano él solo y será un pianista inmejorable, que ameniza la velada de los pasajeros de primera clase, pero que también encuentra los momentos necesarios para deleitar a los viajeros inmigrantes.
La historia es un relato que vuelve la vista atrás de la mano del único amigo de Novecento, un trompetista que trabajará en el barco durante varios años y después seguirá su camino, aunque nunca olvidará a su amigo y volverá a encontrarse con él.
La escena más mágica (para mí) es el nacimiento de la amistad entre el trompetista y Novecento. En su primer viaje, tras un par de días de calma, el mar se encrespa y el trompetista está mareadísimo y se encuentra fatal. Escucha música en mitad de la noche y decide ir a ver de dónde proviene. Encuentra a Novecento en el salón de baile de primera clase, tocando el piano. Y Novecento le pide que quite los topes de las patas del piano y se siente con él en la banqueta. Con el vaivén del barco, el piano evoluciona sobre la pista del salón de baile, como en un vals, con nuestros dos personajes en la banqueta, bailando con el barco.
¿Qué puede hacer un hombre sin papeles y sin identidad? Lo que hace Novecento: quedarse en el barco. La explicación que da es que el mundo firme tiene un teclado ilimitado y él sólo sabe tocar las 88 teclas de su piano, que el piano ilimitado sólo le corresponde a Dios.
Una película de momentos mágicos y buenas historias.
:-) El final no lo destripo, aún tengo algo de misericordia…
P.

Entradas (RSS)