Archivo de Septiembre 2006

Después de unos días un tanto extraños en los que empiezo a pensar que 1984 debería titularse 2006, por ese Gran Hermano que todo lo vigila, lo ata y rescribe, quiero hablar de la película del título.

Basada en una obra de teatro llamada Novecento, de Alessandro Baricco (conocido autor de Seda), Giussepe Tornatore aprovecha un paisaje limitado pero no por ello menos magnificente para crear una historia que se resume en una melodía. Su paisaje es el océano, específicamente un transatlántico de los de finales del XIX y principios del XX que transportaban las ingentes cantidades de inmigrantes de una Europa empobrecida hacia EE. UU., un país que ofrecía oportunidades laborales y económicas.

En uno de estos transatlánticos, nace Novecento, un niño abandonado por su madre, que se criará entre calderas y recibirá ese nombre porque lo encuentran en el año 1900, en una caja de frutas, sobre el piano del barco.

Aprenderá a tocar el piano él solo y será un pianista inmejorable, que ameniza la velada de los pasajeros de primera clase, pero que también encuentra los momentos necesarios para deleitar a los viajeros inmigrantes.

La historia es un relato que vuelve la vista atrás de la mano del único amigo de Novecento, un trompetista que trabajará en el barco durante varios años y después seguirá su camino, aunque nunca olvidará a su amigo y volverá a encontrarse con él.

La escena más mágica (para mí) es el nacimiento de la amistad entre el trompetista y Novecento. En su primer viaje, tras un par de días de calma, el mar se encrespa y el trompetista está mareadísimo y se encuentra fatal. Escucha música en mitad de la noche y decide ir a ver de dónde proviene. Encuentra a Novecento en el salón de baile de primera clase, tocando el piano. Y Novecento le pide que quite los topes de las patas del piano y se siente con él en la banqueta. Con el vaivén del barco, el piano evoluciona sobre la pista del salón de baile, como en un vals, con nuestros dos personajes en la banqueta, bailando con el barco.

¿Qué puede hacer un hombre sin papeles y sin identidad? Lo que hace Novecento: quedarse en el barco. La explicación que da es que el mundo firme tiene un teclado ilimitado y él sólo sabe tocar las 88 teclas de su piano, que el piano ilimitado sólo le corresponde a Dios.

Una película de momentos mágicos y buenas historias.

:-) El final no lo destripo, aún tengo algo de misericordia…

P.

Septiembre nuevo, vida nueva, foro nuevo. Algunos de los exiliados de ProZ de la comunidad hispana hemos aprovechado una invitación de un grupo francófono, que nos han abierto su sitio y nos han creado un rincón muy cuco que se llama La Peña. Si queréis instrucciones, pegad una voz. ¡Os esperamos!

P.

Hace unos días escribí : «En este mundo no se lleva la autocrítica. Lo que prima es la ley de la selva, con o sin razones.»

Qué curioso, lo acabo de comprobar en mis propias carnes. Los que me conocéis, sabéis que he estado en ProZ desde el año 2001, pagando desde el 2002, incluso cuando había que pagar en dólares cuando el dólar le ganaba la partida al euro en un 30%. Cuando el dólar bajó, estaba contentísima, porque iba a pagar lo mismo, pero en euros, lo que me supondría un cierto ahorro. Hasta que descubrí que el sitio cargaba la misma cantidad en euros y en dólares. Una manipulación más.

Pero esta mañana ha llegado la gota que colmaba el vaso. En un foro estábamos discutiendo normas y Henry lo cerró sin más argumento que era demasiado largo. A continuación abrió otro foro que se titulaba «Si yo fuera Henry» (ahora se llama algo un poco más inteligente) e instaba a los miembros de pago EXCLUSIVAMENTE a dar sus opiniones. En paralelo, abrí un foro que se titulaba «La diferencia entre la CENSURA y PONER LA MORDAZA». Naturalmente, mi foro ha desaparecido y se me han suspendido mis derechos de publicación.

Un adiós desde aquí a los que conocía y a los que me gustaba leer, porque lo siguiente que he hecho ha sido borrar mi perfil.

No entiendo el afán de Henry por matar a la gallina de los huevos de oro. Me consta que muchos antiguos miembros de pago se han dado de baja en estos últimos meses por el derrotero que estaban tomando las cosas. Y ese derrotero implica varias cosas:

1. Las agencias no tienen restricciones. Siempre hay alguna que publica una oferta a 2 centavos de dólar…

2. Las reglas sólo existen para los traductores (si no existen, muchas veces se crean y aplican retroactivamente). No hables de esto, no digas lo otro… Todo sienta mal, todo puede molestar a alguien.

3. No se protege a los usuarios profesionales. Existen muchos perfiles vacíos, algún que otro caso de invención de USUario… En fin, lo de siempre. Hay una selva ahí fuera.

De mis cinco años de ProZ sólo me llevo a algunos de sus usuarios, que eran los que merecían la pena. El sitio en sí, es eso, sólo un sitio.

P.

Tras leer que en el contrato que las escuderías de la F1 firman con la FIA aparece una cláusula que les impide criticar a la asociación, vivo en un sinvivir porque las recientes declaraciones de Alonso le pueden costar el título. No importa que Ferrari rocíe los neumáticos con váyase usted a saber qué (para rociarlos, se ponen trajes de protección especiales), que utilicen neumáticos «extraños» con los que cambian el sistema de refrigeración de los frenos cada vez que hacen una parada en boxes, que se permitan el lujo de tener alerones flexibles y no ser penalizados por ellos (cuando Honda fue sancionada con dos carreras por el doble depósito).

En fin. En este mundo no se lleva la autocrítica. Lo que prima es la ley de la selva, con o sin razones.

Eso prima hasta en el mundo de las traducciones dichosas, ¡qué lástima! Las grandes agencias ofrecen precios irrisorios que siempre acepta algún necesitado («mejor un trabajo mal pagado que ninguno») o alguno que utiliza la traducción para sacarse unas «pelillas» (y que entrega una calidad deplorable); el traductor que hace un mal trabajo se escuda en la ignorancia del revisor… ¡Así nos luce el pelo!

P.

¿Me sentiré peor si veo las torres del World Trade Center colapsándose 30 veces? No olvido la primera vez que vi la caída de las torres, en directo, sin historias de supervivientes ni héroes, sin las imágenes del primer avión que hacen presagiar el segundo.

Han pasado 5 años y no lo olvido. El despliegue televisivo me parece brutal.

P.

No es que me haya vuelto vaga y se me haya olvidado escribir. Además de hacer calor otra vez (peor que en agosto), he tenido unos días intensos de trabajo.

Me quedo con un documental que he visto, «The Corporation», colgado por el director en la red para su descarga gratuita. Y me quedo sobre todo con algo que me ha llamado la atención. Según el análisis psicológico de una corporación, nos encontramos la personalidad de un psicópata…

No es algo que no supiéramos, pero me encanta verlo escrito.

P.

Hace ya muchos años dejé de confiar en el corrector ortográfico de Word. Andaba con una traducción «huérfana» (sin vocabulario impuesto) y decidí emplear «pautas» en vez de «directrices». Cuando terminé, le di una vuelta con el corrector. Luego saqué una copia impresa y me senté a la mesa con mis gafas de presbita y un bolígrafo azul (hace años que no uso los bolígrafos rojos para esos menesteres; el texto parece una sangría y evoca una guerra pagana).

Cuál no sería mi sorpresa cuando descubrí que una de mis «pautas» se había convertido en «putas». Naturalmente el corrector no me había advertido de nada.

Y es que ese es el gran problema del corrector: no sabe leer. Si existen dos palabras de diccionario, aunque dentro del contexto una de ellas sea aberrante, te da la que sea por buena y no se rasca la cabeza y te indica que en ese texto no pegan las «mujeres de vida alegre» (nunca supe por qué se le llamaba vida alegre si parece bastante triste).

Así que aquí viene el consejo gratuito y de cajón de la semana: el corrector de Word sólo sirve para los errores de tecleo. No hay nada que sustituya al acto de sentarse con los papeles delante y un bolígrafo en la mano. Las gafas son opcionales.

P.