Archivo de Febrero 2007

Mientras transcurre la ceremonia de los Oscar, sería casi criminal no hablar de cine. Pero en vez de hablar de grandes producciones, voy a hablar de dos documentales que me han llamado poderosamente la atención.


«An Inconvenient Truth», de Al Gore. Todas las generaciones necesitan un coco que amenace con la aniquilación de la raza humana. Para nuestros padres el coco era la Unión Soviética, la guerra fría y los misiles de largo alcance. Quién no ha visto películas apocalípticas en la que alguien pulsa el botón… Con lo bien que habría quedado ese dedito si se lo hubiera metido en la nariz.

Lo cierto es que nuestro coco es el temible cambio climático. O en otras palabras, la Tierra intenta librarse de nosotros e «inventa» creativas maneras de hacerlo: filovirus, la gripe aviar, el deshielo de los polos (6 m de subida de las aguas de los mares), hambrunas, sequías… Por si no fuéramos nosotros suficientes para autodestruirnos, nos hemos creado el temible coco del cambio climático.

Que no me malinterprete nadie: es un tremendo problema. Muy interesante el documental, muy ameno (no recordaba yo a Gore tan «simpático»), ilustrativo, educacional. Está muy bien, cocos aparte.

El segundo documental me ha puesto los pelos de punta: «Jesus Camp». Y es que la falta de tolerancia me parece muy peligrosa, sea del color ideológico que sea.

Muy recomendables los dos, aunque para el segundo recomiendo una dosis extra de paciencia para no empezar a gritar.

P.

Mi marido tiene un cliente que le ha pedido que realice una campaña de notas de prensa en varios idiomas. Pablo solicitó un presupuesto a una agencia de traducción para las combinaciones ES>EN, ES>PT y ES>IT. Cuando lo recibió, me preguntó que si estaba bien y me lo pasó para que le echara un vistazo.

Gracias a eso, he descubierto que se pueden aplicar las mismas técnicas cuando buscas un cliente y cuando te conviertes en uno.

Lo primero que me llamó la atención fue el precio BAJO que le cobraban a él, como cliente directo. Automáticamente, me fui a las listas de prácticas de pago y descubrí que la agencia en cuestión tiene fama de no pagar a sus traductores.

Con un razonamiento muy parecido al que utilizo cuando busco clientes, pensé que si pagan poco, tarde o mal, es muy posible que tengan una gran rotación de traductores y que piquen traductores novatos hasta que se espabilan un poco.

Es una buena idea tener una actuación económica impecable para que te confíen un trabajo.

P.

que no escribía nada propio. Y no, no hablo del blog ni de mis traducciones. Hablo de mis relatos.

Empecé uno hace un par de meses pero lo di de lado por triste. Y este ha salido solito. Pero no os confundáis, tampoco es la alegría de la huerta… :-)

Como melaza

P.



©2006 Spencer Platt

Esta imagen de Spencer Platt ha ganado el premio World Press Photo 2006 con una foto sobre la guerra del Líbano. Pero lo que llama la atención en este caso, no es el conflicto bélico, sino el conflicto socioeconómico e ideológico. En un barrio devastado por el fuego de morteros, pasea un descapotable de chicos «bien» libaneses.

Llevan el móvil en la mano para captar un souvenir, una imagen que enseñarán en las fiestas para probar que ellos estuvieron allí, mientras alguien se tapa la nariz con un pañuelo para no percibir el hedor. Pero parecen tan fuera de lugar como un bosquimano en Alaska.

P.


Detenido un joven de 22 años y estética punk que utilizó una barra de hierro de un metro de alto.

Esta era una de las imágenes más conocidas de Gaudí, el dragón del Parque Güell de Barcelona.

P.


Llega un momento en el que me saturo de colores suaves y necesito algo más estridente para despertarme frente al ordenador. Os presento la imagen que me ha regalado mi marido. Son tomates Raf, recién recogidos o maduros, y parecen de la variedad almeriense con algún que otro murciano mezclado (los murcianos suelen ser más redondeados en la parte inferior, menos arrugados y tienen la piel un poco más gruesa). Y ni corta ni perezosa los he puesto como imagen de fondo de escritorio. Entre los variados iconos que tengo y los tomates, de repente tengo un mercadillo de colorines a mi disposición.

Estos tomates me gustan por dos motivos:

1. tienen carne de lado a lado, nada de intersticios vacíos, llenos de aire, como los tomates canarios

2. se compran verdes y duros y se van poniendo maduros en casa, lentamente, hasta que al final tienen un color rojo profundo y ese sabor que los caracteriza. Y no, no pierden virtudes por haberse cortado cuando están formados pero no maduros.

Suelo prepararlos en dados, con una pizca de sal, ajo en polvo, perejil, vinagre balsámico de Módena y aceite de oliva extra virgen.

¡Ñam ñam!

P.


Lo confieso. Me gusta James Bond. Me gustan sus películas disparatadas en las que se evita una catástrofe mundial en el último segundo. Me gustan las invenciones de Q, sus gadgets imaginativos que ponen la ciencia al servicio del bienestar mundial. Sí, porque Bond es un ángel benefactor del gobierno de Su Graciosa Majestad (nunca he sabido por qué la llaman graciosa) al servicio de todos los demás.

Es un personaje acabado y sin aristas, un poco plano, con un barniz de sofisticación que se queda en eso, una capa superficial.

Pero yo se lo perdono y devoro sus películas, tal como son, un poco estridentes y fantasiosas, quizá por eso mismo, porque las puedo aceptar (y desechar) mentalmente tal cual.

Incluso en una época, a principios de los 90, me hubiera gustado especializarme en cine y escribir mi tesis doctoral sobre las minipelículas de James Bond, esos cinco minutos iniciales que no suelen guardar ninguna relación con el resto de la película y que, en sí, son una obra perfectamente acabada.

Cuando leí la noticia de que Craig iba a hacer de Bond, ese rubio de ojos azules me dejó fría y pensé que íbamos a pasar otra época a lo Dalton. Es decir, películas de «si me las pierdo no importa, porque no hay ningún aliciente». ¡Qué equivocada estaba!

Resulta que este rubio medio soso te hace olvidar que es rubio y que tiene los ojos azules y te hace comprender por qué Bond es superficial, playboy y frío. En «Casino Royale», James Bond aún no existe. Entiéndeme, existe, pero no está desarrollado. Lo que retrata la película es eso precisamente: el proceso de «bondificación».

Le acaban de dar su 007 (licencia para matar) y todavía le queda superar ciertos escollos de su personalidad. Es arrogante pero poco astuto (mata a un terrorista en la embajada africana en la que ha pedido asilo y, para rizar el rizo, lo hace ante una cámara), parece ligón pero en realidad es un boy toy (cae en las garras de su antagonista femenina que también trabaja para el gobierno británico y que, al final, lo engaña, aunque se arrepiente, pobrecita, y se muere para expiar sus pecados), es inteligente pero desafiante (se cuela en el piso de M y está a punto de decir su nombre en pantalla) y decide abandonarlo todo por amor.

Esto no es una película de James Bond, ni hablar. Es el protoplasma del que surge el universo de Ian Fleming. Es creíble y muy disfrutable.

P.

Ayer hablaba de la necesidad de trabajar con un buen revisor cuando se es novel. Pero en realidad, cuatro ojos siempre ven más que dos, así que el revisor es una necesidad incluso para los traductores con experiencia. No obstante, el revisor siempre debe estar pagado, que es la única forma de mantener este servicio.

Personalmente, lo de la revisión no me gusta, lo reconozco. Revisar algo que ha traducido otra persona puede acarrear muchos sinsabores.

El primero es cuando topas con un traductor poco formado cuya traducción es un desbarajuste. Entonces te echas las manos a la cabeza. Eso lo primero. Luego hablas con tu cliente. Si el cliente es razonable (y toco madera, porque los míos se fían de mí, quizá porque reparto flores con la misma ligereza que reparto palos), te dará carta blanca para cobrar lo necesario. Lo necesario, en estos casos, suele ser el cobro por horas, porque corregir una traducción mala puede llevar más horas que la traducción inicial. Esto se fundamenta de manera muy sencilla: eliges varios ejemplos jugosos, haces una traducción literal (para que el cliente se entere si es extranjero) y luego presentas tu versión y le explicas por qué es mejor. Pocos clientes resisten eso.

También puede darse el caso de un cliente poco razonable. En esa tesitura, tienes dos opciones: rechazar el trabajo alegando su mala calidad o trabajar gratis. Personalmente, soy tan tonta que creo que al trabajo lo llaman trabajo porque tiene que ser remunerado. Pero ahí decide cada uno.

Ya hablaré otro día de la noción de despedir a un cliente… :-)

Hasta ahora he hablado de agencias que se ponen en contacto conmigo para realizar trabajos de revisión. Son las mismas agencias con las que suelo traducir, por lo que sé a ciencia cierta que agregan valor al trabajo del traductor. No me importa que le cobren el oro y el moro al cliente final. A mí me pagan las tarifas que quiero en los dos casos: traducción y revisión. Obviamente esto les sale rentable y a mí también.

¿Qué pasa en el caso de los clientes finales? Pues lo mismo, aunque en este caso no hay intermediario (agencia) que valga. Eres tú el que gestiona el proyecto, traduces, encuentras un revisor y le pagas por su trabajo, y presentas el trabajo final. Lo que prima en estos casos es entregar un trabajo FINAL, listo para publicación si es necesario.

Cuando hay un cliente final, mis tarifas suben del orden de un 50-75% para cubrir gastos adicionales. Esos gastos son la gestión del proyecto y el revisor.

No olvides tratar a tu revisor con esmero. Pregúntale su tarifa, cuéntale los plazos de tiempo que barajas y no olvides exponerle tu forma de pago. En este caso de cliente final, el revisor trabaja directamente para ti, así que tendrás que negociar con el revisor igual que negocias con cualquier cliente. Y naturalmente, debes observar las condiciones escrupulosamente. No vale decir eso de «te pago cuando me pague el cliente final». Al revisor no le importa tu cliente; su cliente eres tú.

Acostúmbrate a trabajar con varios revisores que estén especializados en temas diferentes y elígelos por su idoneidad. Pide explicaciones de los cambios que no entiendas. Trabaja con personas en las que confíes y a las que admires…

:-) Hoy me ha salido un pequeño sermón.

P.

P.D.: si trabajas para una agencia como traductor, es de esperar que ellos aporten el revisor, eso es lo natural (porque en tu tarifa de traductor no has negociado ni incluido los gastos de un revisor externo). Pero eso no te da carta blanca para presentar el trabajo sin revisar por ti. Yo suelo hacer dos revisiones: la del corrector ortográfico, que no es muy buena (ver la entrada titulada «De pautas y putas», que habla precisamente de ese tema), y una revisión «manual» (las de toda la vida, con papeles y bolígrafo por medio).

Me hace ilusión lo que acabo de leer, así que repito el tema hoy. Pero primero os pongo en antecedentes. Soy de las que no creen que un traductor tenga que cobrar menos porque esté recién salido de la universidad. Y llevo ya tiempo predicando esto mismo, de manera que casi se ha convertido en mi cruzada personal, o en un mantra que repito cuando se me presenta la oportunidad, en este mismo blog (Traductores recién llegados a la profesión; cómo mantener unas tarifas mínimas y no morir en el intento, la entrada es de noviembre de 2005, así que ya llevo un tiempo dando la lata con este tema) o en alguna de las listas de distribución a las que estoy suscrita.

Hoy me he levantado tarde y cuando he abierto el correo, me he encontrado un hilo precisamente sobre eso, sobre traductores noveles que se sienten incapaces de exigir tarifas altas porque carecen de la experiencia que avale la calidad de su trabajo. Así, por lo que he leído, hay personas en España que aceptan 4 céntimos por palabra. Haciendo ese tipo de favores a las agencias, tienen siempre un gran volumen de trabajo. Pero esto es como la historia de la pescadilla que se muerde la cola; con esa cantidad de trabajo no les queda mucho tiempo libre para:

- Continuar con su educación. La formación de un traductor no termina al salir por la puerta del aula el último día del curso. Hay que tener una mente inquieta y leer mucho y navegar por Internet. Es la única manera de especializarse.

- Buscar mejores clientes (extranjeros, en general) que paguen más por el mismo trabajo.

- Adquirir experiencia de verdad.

- Disfrutar del dinero que tanto trabajo cuesta ganar.

Lo que he leído hoy en ese hilo, es la constatación de que alguien ha puesto mis ideas a funcionar, y que le han funcionado bien.

La idea es muy sencilla y la vuelvo a contar para que se sumen más al carro de NO VAMOS A TIRAR LAS TARIFAS POR LA VENTANA. Supongamos que una agencia se pone en contacto contigo. Tras un tira y afloja, acabáis quedando en 8 céntimos por palabra. Todo lo que suba por encima de 4 son ganancias, así de claro. Eso es lo que cobras con la horrorosa agencia española que te tiene copado a trabajar, ¿no?

Pues ahora busca un traductor experimentado en el campo en el que trabajas y págale por su trabajo. No le mandes el trabajo a bocajarro. Acostúmbrate a tener varios traductores y a anunciarles el trabajo con antelación para asegurarte que tienen tiempo. Pide siempre que hagan un seguimiento automático de cambios en Word y que te manden un documento limpio y el que tiene los cambios marcados (eres el cliente y pagas, no es ningún favor). Léete el documento limpio por encima y mándaselo a tu cliente: ese es tu trabajo terminado.

El documento que tiene los cambios marcados va a ser tu plan de estudio. Mira los cambios de expresión o estilo, estudia el vocabulario (las cosas que has «acertado» y las que no, el porqué)…

Con varios documentos sobre un mismo tema empezarás a tener una imagen más clara de cómo funciona ese determinado campo.

De cara a la galería consigues algo primordial: tu trabajo tiene calidad y comenzarás a tener un cierto prestigio ante la agencia para la que has trabajado.

Las ventajas que puedes cosechar para ti mismo son ingentes: aprendes, mantienes tarifas y aprendes a desenvolverte tú solito en un campo determinado. Eso se llama especialización.

Sigue este proceso hasta que te manden un trabajo cortito y prueba tú solo, a ver qué tal te sale. Si no te notas contento o cómodo, vuelve al modo de trabajar que te he contado. Si te ha salido bien, enhorabuena. Sigue leyendo, estudiando, mirando lo que caiga en tus manos. Vas por el buen camino. ¡Ánimo y suerte!

P.