Archivo de Mayo 2007

Los traductores que se estrenan en esta profesión deben verlo muy negro. Leo por todas partes comentarios del estilo de «estoy empezando, tengo poca experiencia, cometo errores, no puedo cobrar lo mismo que un profesional». Yo soy de la opinión de que un traductor nuevo puede cobrar lo mismo que uno con experiencia. Pero hay que tener la profesionalidad necesaria para contratar, de tu propio bolsillo, a un revisor que se encargue de enseñarte y corregirte. De esta manera, el cliente ve tu producto terminado y, siendo de buena calidad, estará dispuesto a seguir enviándote más proyectos.

Pule tu currículo, contrata una cuenta de correo de pago (nada de yahoo ni hotmail, por favor), apúntate a las muchas listas de prácticas de pago que hay en la red y utilízalas para buscar nuevos clientes, visita sus páginas web, rellena los formularios que tienen, haz pruebas si es necesario (pero nada de un capítulo; 300 o 400 palabras bien elegidas dan una idea buena de la capacidad del traductor), haz seguimiento. Si te pones en contacto con una agencia directamente, no se te ocurra adjuntar el currículo sin más, porque en muchos lugares borran automáticamente los mensajes no solicitados con documentos adjuntos; pega el contenido de tu currículo debajo del mensaje. Invierte un poco en tu presentación: adquiere un dominio, prepara tu página web, escribe un blog. Un pequeño consejo: intenta que tu página sea sobria y se descargue rápidamente a cualquier velocidad. Yo soy de las impacientes, y tengo una ADSL… En resumen, aprende a venderte de manera profesional. Y en ese paquete, incluye unas tarifas profesionales a juego.

P.

No sé en qué página o por qué medios se han publicado ciertas entradas de este blog, pero me encuentro borrando una media de 20 mensajes diarios para esas dos o tres entradas: medicamentos, porno de todo tipo, ya os hacéis la idea.

Para despreocuparme de tanta idiotez, he cerrado los comentarios a esas entradas. Si alguna vez os encontráis los comentarios cerrados, escribidlos en cualquier entrada, que yo me encargo de ponerlos en su lugar correspondiente.

Muchas gracias.

P.

¿Soy la única que no ve el tremendo potencial que tiene Hamilton según todo el mundo? ¿No iba excesivamente acelerado en Mónaco, poniendo en peligro su propio segundo puesto?

:) Debe ser eso. El campeón con un perfecto «hat trick»: pole, vuelta rápida y carrera.


P.

PD: ya hablaré de Hamilton un día… cuando termine el campeonato.

Veo a traductores que, como si de las rebajas se tratara, prometen descuentos en cuanto la cifra del proyecto supera las 15.000 o 20.000 palabras. Nunca le he visto la lógica a este descuento y voy a intentar explicar por qué.

Suponiendo que traduzcas 3.000 palabras diarias, tardarás 15 días en hacer 45.000 palabras. A menos que la mitad del texto sea repeticiones, que ya se encarga el cliente o la agencia de recortarlo.

Nuestra productividad no se incrementa tras hacer 3.000 palabras. Sigue al mismo ritmo de siempre porque el idioma es un ser vivo y el contexto lo es todo. Aunque trabajes con memorias de traducción, sigues teniéndote que leer cada coma para ver que lo que has escrito tiene sentido. Y sigues teniendo que teclear tus 3.000 palabras.

Personalmente, prefiero los proyectos cortos, de un par de días o tres de duración. ¿Por qué? Son tan cortos que me obligan a mantenerme concentrada. Pero sobre todo, suelo aprender muchísimo. Y lo más importante: nunca llego a aburrirme de ellos.

P.

Aprovechando que he despejado la mesa de trabajo por primera vez en mucho tiempo y que un proyecto que tenía que empezar hoy se ha cancelado (no os preocupéis, mañana llega otro proyecto), me ha dado la vena nostálgica. Ando escuchando a The Beatles y escribiendo un relato que no se deja terminar. Si el relato y su título resultan proféticos, tengo mi primera novela entre manos, la que llevo dando vueltas desde que vi la película «Amadeus» (1985, aproximadamente).


P.

Llevo escribiendo Maremagnum desde noviembre de 2005. Unos meses soy perezosa y escribo poco; otros meses escribo como una leona, como si me faltaran las teclas para escribir. Unas veces estoy más inspirada, otras más regañona con las cosas de la profesión, otras me falta tiempo para hablar de las películas que he visto y me han llamado la atención. A veces incluso os dejo la dirección donde podéis encontrar el último relato que he escrito.

A lo largo de este tiempo, siempre he escrito de las cosas que más me interesan, con una categoría que se llama «Cajón de sastre» donde cabe todo lo que no cabía en las demás (por cierto, nueva categoría: F1).

Un buen día aprendí a meter imágenes y desde entonces, de vez en cuando, os regalo alguna imagen, propia o ajena, que me cautiva. Maremagnum va creciendo, cosa de la que todos vosotros sois responsables. A mí me sirve de válvula de escape, sobre todo para no ejercer de Atila y cargar contra algún novato por escribir o decir lo que yo pienso que es una burrada. Ya está bien de parecer una borde constante o parecer que estoy en posesión de la verdad. Al hacer de Maremagnum un espacio privado, nadie tiene que leerme si no quiere.

Desde un principio, decidí no hacer publicidad de Maremagnum. La publicidad me encanta, no me malinterpretéis, pero no es necesaria en Internet (soy de las que dejan de visitar páginas cuando se abren cinco ventanas publicitarias, de las que no se pueden cerrar, que casi siempre conducen a un casino o a una página porno). Lo único que hice fue añadir la dirección del blog a mi firma en el correo electrónico. Solo con unos cuantos amigos tuve la osadía de anunciar el nacimiento de la «criatura».

Si el éxito de Maremagnum se mide por la cantidad de spam que intenta publicarse en la página, ando de enhorabuena: páginas porno (sencillas y especializadas, como la última hornada sobre incesto), casinos, medicamentos, tratamientos contra el cáncer, hoteles… Bienvenidos al motivo de que siga teniendo moderados los comentarios, no por vosotros, sino por las hordas del spam.

Desde enero han subido muchísimo las estadísticas de la página. Rondamos las 300 visitas diarias y todos los meses sigue subiendo el número de lectores. Me tiene francamente asombrada.

Pero lo que más me asombra es la lógica de Google. Sí, ya sé que he escrito sobre la UNE 15038 (La UNE que se nos viene encima), pero es sorprendente que lo meta en Google y la primera instancia (en cualquier idioma) sea mía. Y me sucede lo mismo con un montón de frases clave que no son de acuñación propia.

Nada, que estoy intrigada. Si alguien sabe cómo funciona Google, que me desasne, por favor.

P.

Los que me conocéis sabéis que soy aficionada a la F1 desde que era una auténtica enana. Desde hace unos años, la F1 tienen un aliciente que se llama Alonso. Es un gran piloto y encima es español, miel sobre hojuelas.

A Pablo, que cambió de teléfono recientemente, le tocaron 2 entradas para el Gran Premio de Montmeló.

Nos quedamos en casa de un amigo en Montcada i Reixac, a solo 3 estaciones de tren de Montmeló. Cuando llegamos, descubrimos que el tren paraba en una esquina del pueblo, que el circuito estaba en la otra y que los separaba una distancia de 4 o 5 km. Fuimos siguiendo a los rebaños, Ni un autobús o taxi por ningún lado. Empezamos a escuchar los motores 2 km antes de llegar.

Cuando llegamos, era asiento libre, así que nos sentamos a final de la recta de salida, desde donde se veía también la salida de boxes y una curva de subida a derechas con piano.

La experiencia sensorial de la F1 en vivo y en directo no se parece en nada a la mierdecilla que nos ponen en la tele. En primer lugar, el circuito es mucho más pequeño, más estrecho y con muchos más desniveles. Ahí le tomé un nuevo respeto a los pilotos. Los coches no rugen, chillan. La escala de agudos es tan alta, que cuando pasan cerca sientes un puntito de dolor. Cuando reducen marchas, petardean como una ametralladora. Cuando suben por los pianos, las ruedas lo rascan, como el sonido de las bandas sonoras en las carreteras. Pasan a tanta velocidad que aun con mis gafas de miope tenía problemas para distinguir los colores de las escuderías. En esos entrenamientos, Alonso terminó primero.


Aunque a mí me gusta Alonso, hay mucho antialonsista en este mundo.
Por ellos va esta foto de Hamilton.

Al día siguiente, nos fuimos para el circuito para la tanda de clasificación. La vía a Montmeló estaba adornada de ristras de chorizos, pero de chorizos=cacos. En la estación de Montcada le robaron a Pablo la cartera, así que dinero poco y sin entradas. Yo encontré tres carteras desplumadas en el túnel que pasa por debajo de las vías. Recorrimos las estaciones que nos quedaban, por si habían tirado la cartera y pusimos la denuncia en Montmeló. Amabilísimos, por cierto.

Para que Cataluña no nos sentara tan mal, nuestro amigo nos llevó a comer una deliciosa fideuá en Sitges y luego estuvimos paseando por la parte antigua, que es una auténtica preciosidad como podéis ver.


Ya volveré a la F1 y espero ver los tres días enteros.

P.

Además de los riesgos informáticos de nuestra profesión (como la pérdida del ordenador, la pérdida de los datos, etc.), existen riesgos físicos inherentes a nuestro trabajo.

Hasta ahora pensaba que los riesgos se limitaban a los problemas de huesos, específicamente al síndrome del túnel carpiano y a los dolores de espalda. Y hasta ahora, me he librado de esos (toco madera).

Pero acabo de descubrir uno nuevo. Ya sé que los ojos sufren con el ordenador y es inevitable tener presbicia a partir de los 40. Me resigné a tener gafas para leer cuando llegué a un punto que mis brazos no daban de sí para alejarme la lectura de la cara.

Pero que unos ojos totalmente sanos y solo con un toque ligerísimo de astigmatismo empiecen a miopizarse a los 45, es la gota que colma el vaso.

Esta semana he estrenado gafas de lejos porque mi mundo, de repente, dejó de tener nitidez a partir de los 5 metros. El otro día fui al aeropuerto a buscar a una amiga que hacía escala en Madrid. Y no era capaz ni de ver los letreros que cuelgan del techo. Todo resultaba borroso y tenía destellos.

Al día siguiente me fui a una óptica donde me graduaron la vista y me dieron la noticia de que, a los 45, mis ojos están aprendiendo a ser miopes.

Cuando fui a recoger las gafas esta tarde y me las puse, casi me caí redonda al suelo de lo brillantes que eran los colores otra vez. :)

P.

P.D.: no dejo de pensar que tengo parte de culpa por haberme encerrado en un mundo de un par de metros y no darles cancha a los músculos de mis ojos.

P.D.: me recuperé de la miopía de los ojos, que parece ser que no es tan normal de repente. En mi caso, el déficit de B12 me afectó al nervio óptico. Así que de riesgo laboral, nada. Solo riesgo de tener un cuerpo que se rinde cada dos por tres…