Se termina noviembre, que nos deja el tema tan manido de las tarifas. Esta vez no tiene que ver con cantidades o reventones de mercado, sino con algo básico y fundamental: quién establece las tarifas.
Ando harta de escuchar que tal o cual agencia son mejores o peores clientes por las tarifas que ofrecen. Y este tipo de charla no es mala, pero choca frontalmente con la mentalidad que debería tener un traductor: somos empresas y nadie nos debe dictar los precios; los ponemos nosotros.
Ninguno de nosotros va al mercado y le ofrece un precio al pescadero**, ¿verdad? «Ese atún, ese lomito de atún tan bonito me lo llevo por 9 euros el kilo, ¿hace?». Si se lo hiciera a mi pescadero, que lo vende por 12 euros el kilo, creo que resonarían sus carcajadas por todo el barrio.
Así que esta es la primera lección para todos los traductores, nuevos y profanos: tenemos que empezar a adoptar una mentalidad corporativista. Nosotros fijamos las tarifas, no la agencia de turno.
P.
**Por consejo de mi acupuntora, me he despedido de la carne hace unos 10 días. Ahora tomo pescado exclusivamente. :)





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